La juventud iraní también se harta

Nolo mariño TEHERÁN / SERVICIO ESPECIAL

INTERNACIONAL

Busca un futuro mejor y lucha contra el paro y el régimen de los ayatolás

20 feb 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

Los jóvenes iraníes no se diferencian mucho de cualquier otro de su edad en España. Son 25 millones entre 15 y 30 años y en sus manos está el porvenir de la República Islámica. Sus aspiraciones, sus inquietudes, lo incierto que se les presenta el futuro, son los temas que más se oyen en las conversaciones entre estudiantes y trabajadores. Todos coinciden en querer un mañana mejor, pero su realidad choca con la falta de visión de sus dirigentes, y viven comprimidos por las restricciones que les imponen.

«Claro que me gustaría quedarme en Teherán y desarrollar una carrera profesional, pero si no tienes un buen enchufe con el Gobierno, la única alternativa es hacer trabajos muy por debajo de tu cualificación», se queja Saharnaz, de 24 años, licenciada en Administración de Empresas, mientras corre de un lado para otro atendiendo a los clientes del café donde trabaja y haciendo malabarismos para que no se le caiga el pañuelo que le cubre la cabeza.

Su hermano Humán asiente mientras lanza un gran suspiro. Ellos, como tantos otros, están cansados de ver que sus vidas no prosperan. Muchos han querido decir basta. A la crisis económica y los problemas para encontrar trabajos decentes, se añaden las exigencias de un sistema político que prohíbe las películas occidentales, la música moderna, o las relaciones entre los dos sexos.

«¿Cómo no vamos a manifestarnos en contra del Gobierno? No es que Ahmadineyad robara las elecciones, es que no podemos vivir como personas normales. Nos dicen que estudiemos, que nos preparemos y ¿para qué? Mírame a mí, haciendo chapuzas de electrónica y electricidad», explica Humán, que es ingeniero de sistemas.

Libertad personal

«Menos mal que Hamed consiguió el visado para Italia. Ahora está feliz y sabe que lo que consiga será por sus propios méritos y puede disfrutar, tanto de su trabajo como de su libertad personal», asienten ambos.

Hamed es el hermano mayor, un veterinario que con 30 años cumplidos no había tenido un trabajo fijo desde que terminó la carrera. «Su mejor salario hubiera sido por falsificar marchamos de sanidad para importar carne de mala calidad. Por supuesto, se negó en redondo y eso le cerró muchas puertas», concluyen.

Relaciones furtivas

El problema de las relaciones personales tampoco ayuda a los iraníes. Las trabas al contacto con el sexo opuesto, ensalzadas como «tradicionales» por el régimen, impiden cualquier atisbo de normalidad. Los jóvenes saben cómo son las relaciones fuera del país, a través de las cadenas de televisión por satélite y por Internet.

«Por supuesto que me gustaría poder salir con las chicas por ahí», se lamenta Farshad. La República Islámica condena por ley cualquier relación sexual fuera del matrimonio heterosexual. «Ya me gustaría poder probar con las chicas antes de casarme, pero el miedo a que nos pillen no deja que lo podamos hacer con normalidad. Siempre es de forma furtiva y eso crea muchas tensiones. Nunca llegas a conocer de verdad a la otra persona», dice.

Farshad, 26 años, no se puede quejar. Trabaja en la tienda de electrodomésticos de importación de su familia y su nivel adquisitivo es muy alto. Conduce un BMW último modelo (con un impuesto de importación del 90%) y tiene un apartamento de soltero en uno de los mejores barrios de la capital, donde no falta el alcohol (de contrabando).

«Pero cada vez que entra una chica conmigo en casa, el portero llama a la policía. Si tengo suerte, no vendrán, pero he tenido sustos», explica. «Tengo que darme prisa. Estoy pendiente de ir al servicio militar y no tengo ningún enchufe, así que me esperan dos años de sequía, en todos los aspectos», se resigna.

Por supuesto no todos los jóvenes son así. La televisión oficial no cesa de emitir programas destinados a la juventud en los que estudiantes afines al régimen islámico ensalzan las virtudes de la religión y la obediencia.

La doctrina

La asociación de milicianos basiyis (voluntarios islamistas) tiene un cuartel en cada barrio, y en ellos reclutan a chicos que no tienen nada más que hacer, ni que perder.

«Son 400 dólares al mes por aprender doctrina, y eso, para quien no tiene nada, es una fortuna», comenta Shahab, a quien ahora, acabado el período de formación, le han proporcionado un trabajo estatal. Se dedica, tres días a la semana, a cortar las entradas en una piscina.

«Son unos buenos 800 dólares para sacar a delante a mi hijo».

«Si no tienes enchufe, la única alternativa son trabajos por debajo de tu cualificación»

«Cada vez que entra una chica conmigo en casa, el portero llama

a la policía»