Ni en el apocalipsis se saltan una cola. La educación, las tradiciones y la guerra han forjado el carácter japonés
20 mar 2011 . Actualizado a las 06:00 h.Gambatte kudasai. Ya desde la cuna aprenden esta expresión. Anímate, esfuérzate. El pueblo japonés está demostrando que esta enseñanza no es gratuita, como ya hizo hace 65 años, cuando las bombas atómicas sembraron las islas de muerte y destrucción y convirtieron Kobe en La tumba de las luciérnagas. Después llegaría el milagro japonés, que situó el país como segunda potencia económica mundial (hoy es la tercera). Hay muchos tópicos sobre Japón y los japoneses: ¿Por qué no lloran en público (como se ha dicho estos días)? ¿Por qué trabajan hasta reventar? ¿Por qué parecen reprimidos? ¿Por qué, en fin, a ojos de Occidente, son tan raros?... Pero, al igual que en España, ni todos los hombres son toreros ni todas las mujeres bailaoras, en Japón hay más que geishas y otakus?
Las tres plagas
Suceda lo que suceda, Japón consigue renacer de sus cenizas y asume la desgracia con una disciplina y un orden que en Occidente resulta extraño. La actitud de sus habitantes ante las tres plagas de estos días (terremoto, tsunami y crisis nuclear) nada tiene que ver con la resignación o la falta de emociones. Las raíces de su comportamiento hay que buscarlas en una cultura prácticamente impermeable a agentes exteriores, que se alimenta de sus tradiciones religiosas (un compendio de la religión budista y la sintoísta) y sociales: el bushido, el código de los antiguos samuráis, que busca la excelencia con el cumplimiento escrupuloso de siete virtudes: rectitud, coraje, benevolencia, respeto, honestidad, honor y lealtad. Así se puede explicar que transcurrida más de una semana de la catástrofe no se haya producido una situación de caos que sin duda en cualquier otro lugar del mundo se traduciría en las televisiones en imágenes violentas, con huidas a la desesperada, asaltos a comercios, revueltas y caos.
La educación
La educación juega en este comportamiento un papel decisivo. Para los críticos, roza el modelo carcelario. A los niños se les prepara desde la escuela para el futuro trabajo que desempeñarán en la sociedad. El 98% de los estudiantes cursan el bachillerato, a pesar de que este no es obligatorio, y es necesario superar un duro examen de ingreso para acceder a él. El acceso a la universidad es también costoso, pero, dicen, más duro es el fracaso. Como en otros aspectos de la vida, el japonés sigue aquí el ejemplo de Buda, un ser humano que «se esforzó de tal manera que llegó a ser Dios». Ellos no quieren ser dioses, solo personas respetadas en su barrio, trabajadores respetados en su empresa.
«Karooshi»
Y ahí radica uno de los motivos del milagro japonés: la empresa como eje fundamental de sus vidas, una especie de segunda familia. Las jornadas laborales se alargan en ocasiones sin sentido (pocos se atreven a irse antes que el jefe y el jefe no se va) y las vacaciones se acortan. Por algo hay una expresión que define la muerte por exceso de trabajo, y es japonesa: karooshi. Aunque el trabajo es una parte importante de sus vidas, también tienen tiempo para disfrutar, una vía de escape del estresante mundo laboral y estudiantil. Se puede contemplar a la caída del sol, en los bares y restaurantes que rodean los centros de las grandes ciudades, en los pachinko y los karaokes.
Primero, la colectividad
El japonés es muy autoexigente, la base de la sociedad es el esfuerzo en bien de la colectividad, aunque en los últimos años se haya introducido una occidentalización de las costumbres que se refleja, sobre todo, en el tiempo de ocio. El individuo, como mostró Isao Takahata en La tumba de las luciérnagas, es secundario, de ahí también el sorprendente y para muchos occidentales incomprensible sacrificio de quienes estos días trabajan para reducir los niveles de radiación en la planta de Fukushima. Dar la vida por la colectividad, como en su día lo hicieran, salvando las distancias, las motivaciones y los objetivos, los kamikazes (viento divino), cuya misión era única y su viaje solo de ida.
Orden y espacio
El orden japonés, las colas en las que nadie se cuela, tiene también mucho que ver con su espacio vital. Las poblaciones se concentran en la costa porque el interior es demasiado montañoso para vivir. Japón tiene el triple de habitantes que España pero estos están obligados a convivir en una superficie útil infinitamente menor. Solo en el área metropolitana de Tokyo viven 35 millones de seres humanos y, o viven organizados, o no podrían vivir. Lo dijo Roland Barthes: ¿Por qué en Occidente la urbanidad se mira con suspicacia?, ¿por qué la cortesía pasa por una distancia o una hipocresía? El orden, tan relacionado con la urbanidad, lo llevan a sus últimas consecuencias. Si un semáforo se avería y se queda en rojo, no cruzan la calle. Con los gaijin (extranjeros) se vuelcan en atenciones.
Las emociones
Para los japoneses, es mejor no airear las penas. Por supuesto, tienen sentimientos, los mismos que un gallego o un islandés, pero no está bien visto mostrar el sufrimiento en público. Sí, en cambio, hacen ostentación de emociones positivas. Basta ir un domingo al parque Yoyogi de Tokio para comprobarlo, o dejarse caer por el centro mundial del consumismo, la calle Omotesando, para zambullirse en un mar de sonrisas. Un pueblo sin esa sensibilidad no podría disfrutar con el arte del kabuki en el Teatro Nacional de Tokio, no practicaría la técnica del ikebana ni viajaría en masa a contemplar la eclosión de los cerezos, no alumbraría a genios de la literatura como Oé, Murakami y Kawabata...
La confianza
¿Por qué no ha habido protestas tras la fuga radiactiva? Para los japoneses, lo primero es resolver el problema. Después, depurar responsabilidades. Confían a pies juntillas en lo que transmiten los líderes políticos y empresariales -«no nos gustan, dicen, las hipótesis»- pero esa confianza se puede derrumbar de un plumazo, como ya pasó en el 2007 cuando la corrupción y la mentira dieron la puntilla al Gobierno del país.
La encrucijada
No es la sociedad perfecta. Baste decir que en Japón existe la pena de muerte. Estos días estamos comprobando algo más de su forma de ser, para los occidentales tan extraña como su escritura. ¿Cómo es posible que una sociedad que soportó, y aún soporta, los efectos de dos bombas atómicas, aguante de forma tan callada un fenomenal problema nuclear? Una cuestión de carácter, en algunos aspectos no tan distinto al de los gallegos: nunca se rinden ante la adversidad y, como nosotros, tienen más de 20 formas de decir no sin decir no. Quizás la tragedia de Fukushima les lleve ahora por fin a expresar, como piden muchos intelectuales japoneses, ese no, sin rodeos.