Temor a que el atentado ralentice los cambios que trae la «primavera árabe»
29 abr 2011 . Actualizado a las 06:00 h.La última vez que se produjo un atentado en Marraquech fue el 24 de agosto de 1994. Aquel fatídico día, varios hombres armados irrumpieron en el hotel Asni abriendo fuego contra un grupo de turistas, acabando con la vida de dos españoles. El comando asesino estaba compuesto por tres franceses de origen argelino. Ya en manos de la policía, los terroristas confesaron que otros grupos preparaban atentados similares en Casablanca, Tánger y Fez. Este ataque, además de suponer el cierre de la frontera terrestre con Argelia, que aún hoy permanece bloqueada, marcó el fin de «la excepción marroquí», habida cuenta de que el reino jerifiano se había mantenido impermeable hasta entonces a la violencia yihadista.
En virtud de la calma reinante en el país, sobre todo en comparación con lo que se vivía en Estados vecinos, Argelia principalmente, Marruecos se siguió viendo como una «excepción». El mito se derrumbó definitivamente el 16 de mayo del 2003, cuando once kamikazes, todos ellos marroquíes, se hicieron explotar, casi simultáneamente al caer la noche en el centro de Casablanca, provocando la muerte de 45 personas, entre ellas ocho europeos. El modus operandi, la selección de objetivos, el tipo de explosivos empleados, la magnitud de los daños y la mediatización de la acción hicieron creer ya entonces que era Al Qaida la que estaba detrás de los atentados.
Una de las consecuencias de aquellos ataques fue que se frenó la cadencia de reformas democráticas y aperturistas emprendidas apenas unos años antes con el acceso al trono de Mohamed VI, en 1999.
Caza de brujas
Con absoluto apoyo de Occidente, ante la amenaza de Osama Bin Laden, Rabat primó a partir de entonces las consideraciones de seguridad y ralentizó la marcha de su proceso de transición. Se desató una caza de brujas en los medios islamistas. Unas tres mil personas fueron detenidas tras el 16-M, resultando condenadas por los tribunales 634 por su implicación, directa o indirecta, en los ataques en la capital económica marroquí. Los excesos en la actuación de las fuerzas del orden fueron legitimados por la nueva ley antiterrorista.
El cambio sin ruptura iniciado en 1999 fue retomado estas últimas semanas gracias, de modo indirecto, a la primavera árabe. Mohamed VI atendió la voz de la calle y, retomando las inercias reformistas unos años antes, en su discurso del 9 de marzo anunció «profundos cambios». Entre los gestos del monarca destaca la puesta en marcha de un Consejo Consultivo para la Reforma de la Constitución, que deberá presentar un proyecto de Carta Magna que sancione la efectiva separación de poderes, el refuerzo de los derechos y libertades, y el reconocimiento del amazigh (bereber). Además, a instancias del Consejo Nacional de Derechos del Hombre, el 14 de abril tuvo lugar la liberación de 190 presos políticos, en su mayoría islamistas.
¿Qué pasará si se confirma la pista islamista tras el último atentado? ¿Asistiremos a la enésima ralentización del proceso de reformas? ¿Por qué precisamente ahora, en los albores del cambio en Marruecos? ¿Por qué cuando está más cerca la liberación de todos y cada uno de los islamistas injustamente condenados? La elección de la plaza de Yemaa el-Fna, centro turístico y cosmopolita por antonomasia del reino, para perpetrar el ataque no es gratuita. El mundo observa. A los marroquíes toca ahora sublevarse contra la violencia y continuar demostrando, como han hecho durante manifestaciones pacíficas que tienen lugar desde el 20 de febrero, que siguen siendo la «excepción» y que nada ni nadie puede ya parar el cambio.
El atentado de Casablanca del 2003 frenó las reformas del rey Mohamed VI
¿Qué pasará si se confirma la pista islamista tras la última acción terrorista?