C omo en un juego de espejos: Bin Laden mira a un televisor en el que aparece Bin Laden. Esta era la más singular, por lo banal, de las imágenes que difundía el Pentágono ayer, después de anunciar que no mostrará la fotografía del líder de Al Qaida muerto. En vez de Osama con un tiro en el ojo, hemos visto así a un Osama casi doméstico: con un gorro de lana, haciendo zapping con el mando del televisor en la tétrica casa que la CIA describió fantasiosamente como «una mansión de un millón de dólares» (si los vale, entonces en Pakistán sí que tienen una burbuja inmobiliaria).
Lo más sorprendente de la serie de contradicciones e incoherencias que han plagado el relato oficial de la operación en Abbottabad es lo innecesarias que parecen. ¿Para qué decir que Bin Laden estaba armado y luego desmentirlo? ¿Por qué asegurar que su guarida no tenía ningún contacto con el exterior, para luego presentarla como un centro de comando y control en el que hay ordenadores y televisión satélite?
Da la impresión de que, al igual que no se sabía qué hacer con el cuerpo de Bin Laden, tampoco se tiene claro lo que se quiere hacer con su imagen. ¿Es mejor promover la idea de que con la muerte de Bin Laden se ha acabado con Al Qaida o la de que esto no cambia nada? Depende. La CIA, que vive de las amenazas futuras, prefiere ahora quitarle importancia. El Pentágono, que se siente derrotado en Afganistán, se consuela pensando que su muerte sí marca una diferencia. Los republicanos aprovechan para absolverse a sí mismos, difundiendo el bulo de que todo fue gracias a la tortura; mientras que la Casa Blanca pone en circulación una nueva «amenaza inespecífica» que, a partir de referencias dudosas (que la propia CIA califica de vagas), se ha convertido ya en un detallado plan para hacer descarrilar un tren en el día del décimo aniversario del 11-S.
Es la euforia de la catarsis, que se va apagando. Pero, sobre todo, es la misma ansiedad la que late en el fondo de todas estas interpretaciones en competición: la de que un enemigo sin rostro quizá sea más inquietante que la figura obsesionante, pero en el fondo cómoda, del «genio del mal».