Que una isla se transforme en península es algo que no se ve todos los días, pero es lo que en cierto modo acaba de ocurrirle a la franja de Gaza, que ha pasado de estar rodeada de muros por todas partes a estarlo por todas partes menos por una, la frontera egipcia.
Para los palestinos el cambio es a la vez pequeño y grande. Pequeño, porque Egipto seguirá en principio sin autorizar el tránsito de mercancías, con lo que, salvo el derecho al turismo, no es gran cosa lo que cambiará en la vida cotidiana de los gazatíes. Pero a la vez el cambio es grande porque la medida supone un bálsamo psicológico para una población en la que se ha experimentado la claustrofobia como arma de guerra durante años.
También para Israel el cambio es pequeño y grande. La táctica del bloqueo que ha impuesto nunca llegó a funcionar realmente. Ayer, sus analistas de seguridad reconocían que no existe peligro de que entren más armas en Gaza porque las pocas que Hamás puede permitirse ya entraban por los túneles que han convertido la frontera palestino-egipcia en un queso emmental.
No es ya ningún secreto, pues, que el único valor de este embargo era que permitía a los israelíes visibilizar su fuerza, reafirmar su derecho al control sobre la población de Gaza. Pero aunque la estrategia no aportase mucho a los israelíes, su fracaso sí les preocupa, porque es una muestra más de su progresivo aislamiento en la región tras la llamada primavera árabe.
Mientras que con una mano Egipto abre la franja de Gaza, con la otra cierra la espita del gas natural que exportaba a Israel, y que supone casi la mitad del que consume. Y esto es tan solo el comienzo. En Tel Aviv no se hacen ilusiones: Tan pronto como las elecciones sienten en El Cairo a un Gobierno democrático no podrán ya contar con este país, cuya complicidad durante la época de Mubarak era esencial para su control sobre la región. Y esto precisamente cuando los israelíes declaran ya abiertamente su rechazo a la paz y la ONU se dispone a reconocer de manera unilateral, en septiembre, un Estado palestino en las fronteras de 1967.
Es como si, al mismo tiempo que Gaza se convierte en península, Israel se estuviese convirtiendo en una isla.