El Comité del Nobel de la Paz ha apostado por reconocer lo obvio: que el destino de África y Oriente Medio no está solo en manos de los hombres. Que mujeres comprometidas, y curtidas en culturas que las colocan en su peldaño más bajo, son capaces de llevar a la práctica su compromiso de cambiar, o intentar cambiar, su país. La primavera árabe fue un primer escaparate sobre su papel en las revueltas. Mujeres como Karman, pero también como la bloguera tunecina Lina Ben Mhenni. Sirleaf es la abanderada de las miles de africanas implicadas en política. Un continente donde conviven las violaciones y las ablaciones con Parlamentos como el de Ruanda con un 48 % de diputadas. Mujeres movidas con ideas como la que ayer predicaba Gbowee: «No deben esperar a sus salvadores y tienen que ser su propio Mandela y su propio Gandhi». Por ello, dos coloristas túnicas africanas y un hiyab estarán en la entrega de los Nobel el 10 de diciembre.