Han conseguido lo que soñaban todos los rebeldes libios: capturar a Muamar el Gadafi. Pero el desenlace genera malestar. Las órdenes son «aquí nadie ha matado a Gadafi». Prefieren exhibir las pertenencias del ex dictador: una bota negra, una pistola chapada en oro y un pañuelo beige.
En la granja que sirve de cuartel a la brigada Al Ghiran, en la periferia de Misrata, los hombres se sacan fotos delante de la camioneta que la víspera sirvió para detener en Sirte al exlíder. El capó tiene una mancha de sangre seca.
Se pasan de mano en mano los preciados trofeos de guerra entre abrazos: un revólver, un teléfono vía satélite, una metralleta, un trocito de papel enrollado con cinta adhesiva. «Un amuleto», bromea uno de ellos. «La última llamada recibida en su [teléfono] Thuraya provenía de Siria, era una mujer», asegura un miembro de la brigada. Otras fuentes afirman que era su hija Aisha desde Argelia.
Omran Chaaban, de 21 años, dice que fue el primero que atrapó al exgobernante, refugiado en una tubería de desagüe, al oeste de Sirte, donde nadie esperaba realmente encontrarlo. «Cuando lo vi me quedé sin voz, no podía ni pensar, fue una sorpresa total. Me dije: ?ya está, Gadafi se acabó?», cuenta.
La pistola, en la barbilla
Según su compañero Ahmed Gazal, su brigada se iba esa mañana a Sirte cuando se cruzaron con los gadafistas al borde de la carretera, escapados de un convoy bombardeado por la OTAN. Después de un tiroteo, «un hombre de sus servicios de seguridad nos confesó que Gadafi se encontraba dentro» del tubo de cemento, explica. «Omran era el que estaba más cerca de él, lo atrapó y luego dije: ?Alá es grande? y le tiré de las piernas hacia el exterior. Cuando salió de su escondrijo, dijo ?¿qué pasa, qué hay??», cuenta Ahmed. En ese instante, «Omran le plantó su pistola debajo de la barbilla».
«Pensaba que sería imponente, pero, de hecho, en ese momento parecía un ratoncito», sonríe. Según él, en el momento de su captura, «Gadafi tenía sangre en la ropa y en el rostro, estaba herido». De regreso al vehículo, un nutrido y exaltado grupo los rodeó. Según las imágenes que circulan por la Red, Gadafi recibe bofetadas, puñetazos, tirones de pelo. Pero luego «lo trasladaron en ambulancia» a un kilómetro de allí, asegura Omran. El dictador murió de camino a Misrata, según ellos.
Cuando se les pregunta si fue ejecutado de un balazo en la cabeza, el tono de la conversación cambia y se palpa la tensión. «Estaba malherido cuando lo vimos. Sabíamos que se iba a morir», afirma Ibrahim Al Marjub. Detrás de ellos, uno de los jefes viene a susurrar una consigna en árabe. «Todo el mundo debe decir: ?Aquí nadie ha matado a Gadafi?».