El mariscal ya no tiene quien le crea

Miguel A. Murado

INTERNACIONAL

A yer, el mariscal de campo Mohamed Huseín Tantaui tenía en televisión el tono, entre ofendido y lastimero, de un niño al que han pillado en falta. «No es verdad, no queríamos hacernos con el poder», protestaba. Se le olvidaban algunos detalles, como que el Ejército pretendía nombrar a la mitad de los redactores de la nueva Constitución, reservarse el derecho de veto sobre su contenido e introducir, por si acaso, una ley por la que el presupuesto de Defensa sería secreto y no estaría bajo el control del Gobierno.

El Ejército no querrá el poder del Estado, como dice Tantaui, pero está claro que pretendía, y pretende, quedar fuera de su alcance.

Que Tantaui haya tenido que ceder y aceptar un Gobierno de salvación nacional muestra una sorprendente vitalidad del espíritu de la plaza Tahrir, sobre todo considerando que los Hermanos Musulmanes se habían descolgado de la protesta. Ellos han invertido mucho en las elecciones que comienzan el lunes y todo indica que van a ganarlas, por lo que no quieren problemas. Ahora, este éxito sin ellos dará algo más de fuerza a las otras dos grandes coaliciones, el Bloque Egipcio (laico de centro) y Revolución Continua (izquierda laica e islamista).

Porque, aunque alimentada principalmente por la prepotencia del Ejército, esta protesta también responde a la frustración de estas organizaciones al ver como los islamistas moderados, los nuevos conservadores del sistema, reciben en bandeja los frutos de la revolución egipcia.

Grado de dependencia

En cuanto al nuevo Gabinete que anunció el mariscal Tantaui, lo crucial no es quién lo vaya a dirigir, sino su grado de dependencia de los militares. Si los manifestantes no quedan convencidos las protestas pueden intensificarse. Y no va a ser fácil convencerlos. Ayer, cuando el mariscal Tantaui terminó de hablar, se oyó un grito unánime de «Irhal!» («¡Lárgate!») en la plaza Tahrir.

El problema es que de continuar la violencia en pleno período electoral llevará a una inestabilidad peligrosa, sobre todo porque, debido a una normativa absurda y confusa, las elecciones se celebrarán por fases a lo largo de varias semanas. Los torpes titubeos del Ejército no hacen pensar (en principio) en un golpe de Estado, pero sí podría ocurrir que la oposición se dividiese, con los conservadores (tanto islamistas como laicos) pactando con los militares contra los revolucionarios. No habría que descartar que sea eso, precisamente, lo que se busca con los constantes retrasos y dilaciones.