Hace un año cambiaron Oriente Medio y el norte de África. En Túnez había caído ya Ben Alí, todavía caería más tarde Muamar el Gadafi, y quizá ahora también Alí Abdalá Saleh en Yemen. Pero Túnez es un país demasiado pequeño, Yemen demasiado pobre, y Libia demasiado rico y aislado, como para que sus cambios de régimen puedan afectar mucho más allá de sus fronteras.
Egipto es otra cosa. Egipto ha sido la verdadera revolución en el mundo árabe, la que realmente ha cambiado el juego y trastornado los equilibrios geoestratégicos tan cuidadosamente cultivados para proporcionar estabilidad (que no bienestar) a la zona.
Es cierto, sin embargo, que la revolución egipcia se ha quedado colgada entre dos estaciones. Pero lo curioso es que, como indicio de peligro para la primavera árabe se presente la legítima victoria electoral de los islamistas («más de un 70 por ciento» dicen los titulares, sumando abusivamente los votos de coaliciones dispares y partidos rivales). Es como si hubiese algo de inesperado o de anómalo en que en un país conservador y religioso gane la derecha conservadora y religiosa. La promesa de la primavera árabe era que el pueblo podría expresarse a su gusto, no al nuestro, y lo ha hecho.
La verdadera anomalía está en la tutela inquietante que mantienen los militares sobre la situación política. Los recién elegidos aún no han empezado a gobernar. Ahora solo cabe esperar que no se cometa el error de 1991 en Argelia, cuando el Ejército dio un golpe de Estado para impedir que llegase al poder el partido islamista FIS (que solo había obtenido un 24 por ciento de los votos en la primera vuelta electoral).
Veinte años y 200.000 muertos después, Argelia sigue siendo una dictadura, y aquello ya no le parece tan buena idea a nadie. Egipto es una democracia. Solo podemos desearle mil primaveras más, como diría Cunqueiro. O como se diría en Egipto, donde los números pares son de mala suerte: mil y una.