El fallo se recibió de forma muy distinta en las sedes de las campañas electorales. Para Chicago, donde está la de Obama, era la mejor noticia posible y seguro que provocó suspiros de alivio, pero a Boston, donde está la de Romney, llegó con sorpresa y decepción.
Una vez que el Supremo ha dado su visto bueno a la principal ley impulsada por Obama las cosas se presentan más fáciles para su reelección. La sentencia a favor de la ley no significa que vaya a ser reelegido automáticamente, pero una sentencia negativa sí hubiera representado problemas muy serios para el actual presidente.
En el caso de Romney, la influencia de la sentencia es más complicada de medir. El candidato sigue las directrices de su partido en su oposición feroz a la ley, a pesar de que cuando era gobernador aprobó una muy similar y no se había mostrado tan contrario a ella antes de ser candidato. Algo que Obama se encargó de recordar ayer cuando dijo que muchas personas «estuvieron de acuerdo con que todos los estadounidenses deben hacerse responsables del cuidado de su salud».
Ambos candidatos utilizan cualquier baza a su favor ya que las encuestas demuestran que siguen en empate técnico.