
El presidente tunecino Moncef Marzouki y el máximo representante de la Asamblea Nacional, Mustapha Ben Jaafar, fueron apedreados ayer en Sidi Bouzid, en el transcurso de un acto para conmemorar el segundo aniversario del inicio de la primavera árabe. El ataque comenzó cuando Ben Jaafar hablaba a las cerca de 5.000 personas congregadas en la plaza donde se inmoló el vendedor ambulante Mohamed Bouazizi, después de que hablara el presidente.
Los servicios de seguridad evacuaron a los dos dirigentes, que no fueron alcanzados, en medio de los gritos de la población que pedía la «caída del Gobierno» y les espetaban: «lárgate, lárgate», los eslóganes revolucionarios. La policía, que protagoniza desde hace semanas enfrentamientos con los manifestantes, no intervino y la calma volvió a la localidad cuando se marcharon.
Abucheado durante su discurso, Marzouki pidió paciencia a los tunecinos, a quienes recordó que el Gobierno no dispone de una «varita mágica» para resolver los problemas creados durante «50 años de dictadura». El jefe del Estado, un laico aliado de los islamistas de Ennahda que dirigen el Gobierno, recibió las quejas de los habitantes de la cuna de la revuelta que acabó con Ben Ali. «Estuvo aquí hace un año y prometió que las cosas cambiarían en seis meses, pero no ha cambiado nada», le espetó un manifestante. «No le queremos aquí», gritó otro.
Las causas siguen vigentes
Las reivindicaciones económicas y sociales que causaron la revuelta tunecina siguen vigentes: el desempleo y el crecimiento anémico minan al país y se suceden las manifestaciones de protesta cada vez más violentas. La situación en la zona euro, principal socio comercial de Túnez, no ha hecho más que agravar la situación del país árabe. Según el ministerio de Industria, las inversiones cayeron un 36% en la región y las ofertas de empleo, un 24,3% en los 11 primeros meses con relación al mismo periodo del año anterior.
A finales de noviembre, 300 personas resultaron heridas en cinco días de enfrentamientos con la policía tras una huelga que degeneró en violencia en Siliana, en el suroeste de Túnez Además de las dificultades económicas, el país es víctima habitual de la violencia orquestada por grupos islamistas. Desde hace una semana, el ejército persigue a un grupo armado sospechoso de pertenecer al movimiento salafista en la región de Kasserine, cerca de Sidi Bouzid. Las autoridades han anunciado el desmantelamiento de una red de reclutamiento de Al Qaida. Precisamente, los islamistas radicales estuvieron muy activos ayer ante la prefectura de Sidi Bouzid: los militantes del partido Hizb Ettahrir, un movimiento autorizado que dice abominar la violencia, enarbolaron las banderas del movimiento salafista.