Kim Jong-un, el gran bebé de Pyongyang

Miguel A. Murado

INTERNACIONAL

La amenaza de Corea del Norte debe ser entendida como una llamada a la negociación

31 mar 2013 . Actualizado a las 18:43 h.

Cuando un país anuncia que se encuentra en estado de guerra con su vecino es un buen momento para empezar a preocuparse. Salvo que ese país sea Corea del Norte. En ese caso hay que entenderlo como un llamamiento (ruidoso e incoherente, eso sí) a la negociación. Es curioso que su líder, Kim Jong-un, tenga precisamente ese aspecto de inmenso bebé mofletudo, porque las tácticas de Corea del Norte siempre han seguido una lógica más propia de la infancia que de la política. Pero es una lógica, y tiene sus reglas, que la comunidad internacional se empeña en ignorar.

Ahora todas las esperanzas se cifran, por ejemplo, en que Pekín presione a Pyongyang. La mayoría de los expertos piensan que es un espejismo. Primero, porque China cada vez tiene menos influencia en su aliado. Por otra, porque puede no gustarle la idea de una Corea del Norte nuclearizada, pero eso ya es un hecho irreversible y las alternativas podrían ser peores. A China tampoco le gustaría una Corea unificada que permitiese el despliegue de tropas norteamericanas en su frontera, como tampoco, quizás, entusiasmaría a Japón un rival económico en su área de influencia. Corea no está dividida por casualidad, fue el resultado de un acuerdo, un mal menor.

Lo que quiere Corea del Norte, lo que siempre ha querido, es una garantía norteamericana de que no será atacada en un momento de debilidad, como le pasó a Irak. La negativa de Washington a dársela fue lo que llevó a Pyongyang a emprender su programa nuclear. La situación es similar a la de Irán: el programa nuclear, una vez puesto en marcha, pasa a convertirse en causa y consecuencia de la falta de negociaciones. EE.UU. se niega a aceptar que se trata de una cuestión bilateral e insiste en convertir estos asuntos en amenazas para toda la comunidad internacional, a la que quiere implicar en la negociación. Consecuencia: parálisis e impás. Se imponen sanciones económicas, que no funcionan y tienen el efecto de dificultar más la negociación.

Irán aún no ha conseguido su arma atómica, pero Corea del Norte sí, y nos muestra lo que ocurre entonces: ambas partes se quedan sin opciones y la tensión crece. La resistencia de EE.UU. a aceptar un régimen como el de Pyongyang es comprensible, pero el resultado es una Corea del Norte nuclearizada y una crisis cada tres años. Al menos, es una pauta predecible.