Al trazar la línea roja en algo tan concreto y fácil de comprobar en el conflicto de Siria, Obama se ha atado a sí mismo de pies y manos
28 abr 2013 . Actualizado a las 07:00 h.Como todos los que hablan muy bien, Obama habla a veces demasiado. Fue su querencia por las grandes frases lo que le llevó a declarar solemnemente que el uso de armas químicas en Siria era una «línea roja» que, si se traspasaba, obligaría a Estados Unidos a intervenir. Lo dijo porque no esperaba que esto ocurriese jamás (entre otras cosas, el propio al-Asad le dio garantías). Pero al trazar la línea roja en algo tan concreto y fácil de comprobar como un ataque químico, Obama se ha atado a sí mismo de pies y manos. Era solo cuestión de tiempo que apareciese algún caso, más o menos creíble, que viniese a pedirle cuentas. Y es lo que ha pasado esta semana.
Pero, si Washington no quiere invadir Siria, ¿por qué levanta ahora esta liebre, entonces... Basta mirar la cronología. Hasta el martes, la Casa Blanca no se creía las informaciones sobre ataques químicos. Pero ese día los israelíes aseguraron que se había usado gas sarín en Alepo y Homs, y, aunque no aportaron ninguna prueba sólida, a las pocas horas el nutrido grupo de senadores pro-israelíes del Congreso en Washington estaban ya presionando a Obama. El presidente no tuvo más remedio que ordenar a su secretario de Estado de Defensa, Chuck Hagel, que saliese a la palestra con un comunicado; eso sí, lo suficientemente ambiguo como para que no implicase la obligación de intervenir en Siria de inmediato.
A Hagel se le fue la mano, y más que ambiguo, el comunicado le salió desconcertante. En él decía tener «grados variables de certidumbre» (sea eso lo que sea) de que se habían usado armas químicas, pero a la vez, también, la seguridad de que «tenía que haber sido» el régimen y no los rebeldes. No es casualidad que esta fuese la única afirmación rotunda del texto. Y es que, a diferencia de lo que pasó con las famosas armas de destrucción masiva de Irak, aquí sí que existe el gas sarín y es posible que se haya utilizado. El problema está en que no es tan seguro que haya sido el régimen.
Al fin y al cabo, fue el régimen el que denunció el primer uso de estas armas el 19 de marzo. La localidad atacada, Khan al-Asal, donde murieron una veintena de personas, es leal al gobierno. Cabe aún la posibilidad de que el régimen se gasease a si mismo, pero no se entiende muy bien por qué ni para qué iba a invitar una intervención militar norteamericana. Por otra parte, un uso tan limitado de armas químicas carece de toda lógica militar. Sí tendría, en cambio, todo el sentido en el caso de los rebeldes, que buscan desesperadamente una intervención extranjera.
Contrariamente a lo que se ha dado a entender, el gas sarín no es especialmente difícil de conseguir o de utilizar. La pequeña secta milenarista Aum Shinrikyo, por ejemplo, realizó dos ataques con gas sarín en Japón en los años noventa. Más pertinentemente aún: Al Qaida lo utilizó en Irak contra las tropas norteamericanas en 2004. Y esta rama iraquí de Al Qaida está combatiendo junto a la oposición en Siria. En medio de una intensa guerra propagandística (todas lo son, en realidad) es imposible estar seguro de cuál de las dos hipótesis es la verdadera. Pero si fuese esta última, tardaremos mucho en saberlo; tanto como tardamos en saber que no había armas de destrucción masiva en Irak. Tenemos que contentarnos, pues, como dice Hagel, con «grados variables de certidumbre».
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