El Gobierno no logra afianzarse en gran parte del país ante el poder de las milicias armadas, que se niegan a unirse al Ejército regular
10 oct 2013 . Actualizado a las 11:26 h.A punto de cumplirse dos años de la caída de Muamar Gadafi, Libia es un Estado fallido dominado por la inseguridad. El poder central no ha logrado imponerse en gran parte del país y las milicias que ayudaron a derrocar al dictador se niegan a entregar las armas y unirse al Ejército regular. Un caldo de cultivo perfecto para que Al Qaida ancle sus tentáculos. Una anarquía que aviva el tráfico de inmigrantes hacia Europa.
Tras la muerte de Gadafi el 20 de octubre del 2011, el Consejo Nacional de Transición creado por los rebeldes prometió a los libios un Estado democrático. Sabían que no era tarea fácil reconstruir un país con una de las sociedades tribales árabes más arraigadas y después de 42 años de dictadura, ocho meses de guerra civil y miles de armas en manos de la población. El tiempo así lo ha demostrado.
Transición estancada
La hoja de ruta de la transición, que debía culminar a mediados de este año, hace tiempo que está estancada, al igual que la desmilitarización de las milicias. En julio del 2012 tuvieron lugar las primeras elecciones libres en seis décadas para formar el Congreso General de la Nación, que sustituyó al órgano de transición. Tres meses después, Alí Zeidan, un viejo opositor gadafista, fue el elegido para formar el Gobierno interino encargado de redactar una nueva Constitución y celebrar elecciones en el 2013. Nada de eso se ha llevado a cabo.
El bloqueo político y la inestabilidad económica -su vital sector petrolero sigue sin despegar- imperan en medio de una espiral de violencia con pulsos entre los zuar (milicianos revolucionarios), islamistas y laicos, con continuos asaltos a sedes gubernamentales y asesinatos de los que no se libran ni generales ni políticos. Bengasi, cuna de la revolución, es hoy parte del salvaje este de Libia. La ciudad donde otro 11-S, esta vez del 2011, fue asesinado Chris Stevens, el embajador de EE.UU. y contacto de los revolucionarios durante la ofensiva de la OTAN para hacer caer a Gadafi. Washington ya ha puesto precio a la cabeza de Ahmed Abu Khattalah, líder de la milicia salafista acusada de atacar el consulado de Bengasi.
El poder de los islamistas
La infiltración de yihadistas y de Al Qaida comenzó en los días de los combates contra el régimen de Gadafi. Los radicales ganaron influencia al mismo tiempo que se apoderaba del arsenal del Ejército de Gadafi.
La inexistencia de un control en las fronteras terrestres ha propiciado la circulación de armas y milicianos por el Sahel. Los secuestradores de la planta de gas argelina de Amenas en enero tuvieron apoyo logístico de islamistas libios y el avance de los radicales en el norte de Mali se consiguió con armas robadas de los arsenales de Gadafi.
Estados Unidos no parece dispuesto a que Libia se convierta en un nuevo Pakistán. El Gobierno de Zeidan se ha cansado de criticar en público la incursión de los Delta Force para capturar a Abu Anas al Libi, uno de los líderes de la red más buscados y que llevaba tiempo viviendo plácidamente en Trípoli, pero fuera de cámara la colaboración existe. También en esto sigue el patrón de Pakistán, que siempre buscó zafarse de ser un colaboracionista, mientras la realidad desbarataba ese deseo.
Según confesaron funcionarios estadounidenses a The New York Times, la operación de EE.UU. en Libia contó con la aprobación tácita de Trípoli, y no solo afectaba a Al Libi, sino también al acusado del ataque al consulado de Bengasi.
Al descontrol en la frontera terrestre se une la marítima. Libia siempre ha sido una de las principales rutas de la inmigración ilegal hacia Europa. Era una cuestión de distancia: la cercanía de la isla de Lampedusa. Con Gadafi en el poder, el flujo se frenó gracias a los acuerdos a que llegó con Europa, sobre todo con Italia, a cambio de beneficios para su régimen. Pero con él se murió el pacto y, pese a los intentos de Europa y Trípoli, la inestabilidad ha hecho imposible acotar la salida de barcazas como la que provocó la última tragedia en Lampedusa.