China se encuentra encajonada y sin acceso franco al oceáno abierto
01 dic 2013 . Actualizado a las 07:00 h.¿Es una forma de afianzar el liderazgo de Xi Jinping, fabricando una causa nacionalista que disuelva el malestar social? ¿Persigue adelantarse a las acusaciones de «occidentalizante» y «liberal» que pueden dirigirle la izquierda del Partido Comunista y la vieja guardia por las nuevas reformas económicas y judiciales que quiere acometer? ¿Busca acelerar los cambios anunciados en el Ejército para mejorar su capacidad de combate, en respuesta al desplazamiento de EE. UU. hacia Asia? ¿Tiene por objetivo la soberanía de las islas en disputa o va más lejos y emite una advertencia a Japón, en el sentido de que no tolerará el rearme que promueve su primer ministro Shinzo Abe?
La decisión de China de ampliar su espacio de defensa aérea de forma unilateral, solapando los de Japón y Corea del Sur, ha abierto una acalorada tormenta de ideas entre sinólogos, que no acaban de ponerse de acuerdo sobre la lógica última de la medida más allá de que supone una escalada que multiplica las posiblidades de un error de cálculo o de un accidente. Hay, en general, un sentimiento de extrañeza. La ampliación es un ataque al orden internacional por la vía de los hechos consumados. Contradice los esfuerzos recientes de la diplomacia china para apaciguar a los vecinos con los que mantiene contenciosos territoriales, ha tenido el efecto indeseado de unir a japoneses y coreanos del sur pese a sus desavenencias y, por último, ha dado a EE.UU. la coartada para justificar su despliegue en la región como garante de la libertad de circulación.
Algunos analistas, especialmente anglosajones, han señalado los paralelismos con los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial. China sería la Alemania de hace un siglo, la potencia emergente que busca desplazar al poder establecido de lo que hoy parece la Francia o el Reino Unido de entonces, Japón. Las Sensaku o Diaoyu, argumentan, podrían ser el Sarajevo que enciende una carrera de provocaciones y fiebre nacionalista, como las que llevaron a subir las apuestas en 1914 hasta que ya no fue posible dar marcha atrás.
Aunque es exagerado llevar las analogías tan lejos, el potencial desestabilizador del conflicto no es ninguna broma. Es la primera vez en la historia que los dos países se encuentran en una posición de fuerza al mismo tiempo. Hasta ahora, los momentos de ascenso de China estaban acompañados por períodos de decadencia de su vecino, y viceversa. Tampoco es fácil encontrar un punto intermedio que concilie sus intereses.
La visión predominante en Japón es que Pekín intenta expandir sus dominios para trasladar de ese modo al plano estratégico la primacía sobre el continente asiático que ya ha logrado en el terreno económico. Desde el ángulo de China se trataría, por el contrario, de abrir una brecha en lo que considera un cerco que representa una amenaza existencial.
Según el analista australiano Gavan McCormack, la Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar privilegia los derechos de los territorios insulares en detrimento de los continentales. Como se observa en el gráfico, la consecuencia de dicho ordenamiento es que encajona a China: obstruye sus pasillos de salida hacia oceáno abierto tanto por el sur, en dirección al Índico y África, como por el Este, rumbo a la inminente ruta del Ártico. Al mismo tiempo, otorga la condición de centinelas a un total de siete países competidores.
Es un talón de Aquiles en las proyecciones de poder chinas. Compromete las vías de suministro exterior que abastecen su desarrollo y puede llegar a suponer un escollo para su comercio, dos razones por las que el gigante no tardará en ser una potencia naval y por las que la zona se convertirá en un foco de tensión similar al que en su día había en el Atlántico Norte.