De Matteo Renzi los medios resaltan que va a ser el tercer jefe de Gobierno italiano consecutivo que dirija el país sin un mandato popular
16 feb 2014 . Actualizado a las 07:00 h.De Matteo Renzi los medios resaltan que va a ser el tercer jefe de Gobierno italiano consecutivo que dirija el país sin un mandato popular. Es peor: en realidad, será el quinto en los últimos veinte años. Más bien es la norma.
El problema es otro: no tanto el cómo sino el porqué de lo ocurrido y sus consecuencias. El porqué Renzi no podía explicarlo ayer mientras, como en una parodia de una conspiración renacentista, esperaba en su casa cerca de Florencia noticias de sus emisarios en Roma. No podía porque su motivo, la ambición personal, no es el más elegante. Es cierto que el Gobierno Letta era tan gris como quien lo presidía, un tecnócrata con piel de político; pero era también la consecuencia lógica de la aritmética parlamentaria, la crisis económica y las puñaladas del propio Renzi. No está claro que este sepa o pueda hacerlo mejor. Quienes le apoyan lo fían todo a su energía personal y a su popularidad, pasando por alto sus métodos. Es un razonamiento inquietantemente parecido al que catapultó en su día a Silvio Belusconi.
Pero aunque hablar de un berlusconismo de centroizquierda sería exagerado, o al menos prematuro, el hecho es que precisamente Berlusconi ha sido el primer beneficiario en esta conjura. Su ascenso ayer por los cuatro escalones del Quirinal mientras se dirigía a consultas con el presidente de la República a pesar de estar condenado en firme por fraude es casi una amnistía política. Sobre todo porque Renzi ha tenido que apoyarse en él para aislar a Letta antes de derribarlo, usando como emisario al tío del propio Letta (Maquiavelo hubiese sonreído). Vuelve el tipo de política en la que Berlusconi se sabe mover mejor, y en la que es quien mejor se sabe mover.
Las consecuencias pueden ser graves. De momento, los escindidos de Belusconi que apoyaban al Gobierno, el Nuevo Centro Derecha, ya están exigiendo un giro a la derecha para seguir en el Ejecutivo, mientras que un sector del Partido Democrático pide un guiño a la izquierda que justifique el sacrificio de Letta. Pippo Civati, rival interno de Renzi, hablaba ayer de «coger unos cuantos diputados y formar el Nuevo Centro Izquierda». Es un aviso. El nuevo Gobierno de Renzi podría acabar teniendo menos apoyo parlamentario que el que acaba de descabalgar. Nuevo berlusconismo o no, a Italia, una vez más, le toca confiar en que la ambición personal sea un síntoma de talento.