La difícilmente explicable decisión de Alexis Tsipras de convocar un referendo sobre el acuerdo con la eurozona podría ser una escalofriante jugada de póker pero más bien parece un ataque de orgullo y desesperación. El hecho es que, salvo un milagro de última hora, la suerte de Grecia está echada, y quizás también la de la eurozona como proyecto.
Puede que ni siquiera haya que esperar al resultado de la consulta. Su mera convocatoria, pendiente ayer todavía de aprobación en el Parlamento de Atenas, pone en marcha mecanismos que serán incontrolables en cuestión de días. Porque es este martes, no el domingo, cuando expira el rescate griego, y ayer los acreedores rechazaron prolongarlo siquiera unos días hasta que se celebre el referendo. No hubiesen podido hacer otra cosa, puesto que cualquier extensión adicional de los términos del rescate requeriría la aprobación de varios Parlamentos europeos. Y no hay tiempo para eso, ni la seguridad de que fuesen a votar a favor.
Otra bomba de relojería que se ha puesto en marcha es la retirada de fondos. Aunque desde el Gobierno se asegure a los griegos que los bancos volverán a abrir el lunes, ayer podía verse cómo docenas de diputados griegos sacaban todo el dinero que podían de los cajeros que hay en el propio Parlamento. El carrusel de las negociaciones ha tenido un coste enorme para el sistema bancario heleno, que está en sus niveles más bajos de liquidez desde el 2004. Desgraciadamente, parte de la estrategia negociadora de la UE consistía en alimentar rumores de corralito al tiempo que inyectaba generosamente liquidez para evitar que ocurriese. La idea era hacer a Grecia aún más dependiente de Bruselas y, por tanto, más consciente de que está en sus manos. Ahora que Grecia no ha cedido, o eso parece, esa táctica podría acelerar el desastre y costarnos a los europeos todavía más dinero.
Pero supongamos que el Banco Central Europeo sigue sosteniendo a los bancos griegos hasta el domingo y el Eurogrupo mantiene su oferta. ¿Qué saldría del referendo? Se citan a menudo estadísticas que arrojan un 80 % en favor de permanecer en el euro, pero otras lo rebajan a un 56 %. El miedo juega a favor del sí, pero pesará mucho que el Gobierno pida el no. Al final, puede que acabe dando lo mismo. Un sí significaría la caída del Gobierno y nuevas elecciones, con la parálisis consiguiente y, mientras tanto, la bancarrota. El no supondría la bancarrota sin más. Si es que esta no se produce ya antes de votar. Lo que sigue a partir de aquí nadie lo sabe. Se habla con mucha ligereza de que Grecia abandonaría el euro y la UE, como si eso fuese fácil e indoloro, pero ni en la legislación de la moneda única ni en la de la Unión hay ningún procedimiento previsto para estos casos. Nos adentramos en lo desconocido, Grecia y nosotros.