El expresidente brasileño afirma, tras declarar durante tres horas y ser liberado, que es «un blanco electoral»
05 mar 2016 . Actualizado a las 05:00 h.Brasil vivió ayer un auténtico terremoto político. La detención del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva (2003-2010) cayó como una bomba sobre el frágil Gobierno de Dilma Rousseff y empaña la leyenda del carismático líder. Lula fue detenido en su casa de São Paulo por la Policía Federal y llevado a declarar por la trama de corrupción de la petrolera estatal Petrobras. Tras ser interrogado durante tres horas en un local del aeropuerto de Congonhas, quedó en libertad. «Me sentí prisionero», declaró luego entre lágrimas, en una improvisada conferencia en la sede del Partido de los Trabajadores (PT). «Si el juez [Sergio] Moro o el ministerio público me querían escuchar, solo tenían que mandarme un oficio», declaró.
«No debo nada ni temo nada», aseguró, y juzgó el operativo como un «espectáculo de pirotecnia». Lula, que ya acudió a declarar en otras causas, denunció que «hay un complot mediático», y lo vinculó con el anuncio, el pasado sábado, de su disposición a ser candidato a la presidencia en el 2018. «Soy un blanco electoral», afirmó. Pero el arresto de ayer no parece haberlo amedrentado. Sus seguidores calificaron su detención como «una agresión al Estado de derecho».
En el nuevo capítulo de la causa Lava Jato fue registrado el piso donde vive Lula en São Bernardo do Campo, la casa de su hijo Fabio, el Instituto Lula y otras dependencias en siete localidades. La Fiscalía aseguró en un comunicado tener «fuertes indicios» de que empresas implicadas de la trama de Petrobras beneficiaron a Lula, pese a lo cual, aclaró, la investigación «no constituye un juicio de valor» sobre la figura del expresidente. Tampoco Moro se mostró del todo tajante. Manifestó que le provoca dudas la «generosidad» de las empresas para con Lula.
Los fiscales sospechan que varias constructoras pagaron al expresidente con honorarios por sus conferencias en el exterior; con reformas en un tríplex (que él niega que sea suyo) y en una residencia a nombre de amigos suyos, que serían además sus testaferros, pero que el ex jefe del Estado frecuenta; y con donaciones al Instituto Lula. Son «muchos favores», resumió el fiscal Carlos dos Santos, «difíciles de cuantificar».
El Gobierno de Dilma Rousseff, en el que la detención provocó una verdadera conmoción, como entre los seguidores del PT, consideró innecesario el operativo. Los abogados de Lula habían solicitado que pueda declarar por escrito, pero el juez se negó. La defensa consideró «innecesaria» la detención y pidió al Supremo que suspenda este capítulo de la investigación.
Al conocerse la noticia, un puñado de simpatizantes fueron a manifestarse frente a su residencia, donde chocaron con activistas de la oposición que reclamaban prisión para Lula. Hubo un herido y tres detenidos. Seguidores y adversarios también se dejaron ver en el aeropuerto.
La detención llegó horas después de otro escándalo que tiene en vilo al Gobierno, las acusaciones del senador del PT Delcidio Amaral de que tanto Lula como Dilma trataron de influir en la investigación. El legislador, que está negociando una reducción de pena, negó las manifestaciones que se le atribuyen, pero mientras por ahora se quedan en presuntas, las revelaciones de Amaral ponen de nuevo a Dilma contra las cuerdas. El senador opositor Aecio Neves, su rival en las últimas elecciones, le pidió que renuncie «en un gesto de grandeza».