Las primarias de California, que daba por ganadas, podrían ser más ajustadas de lo previsto frente a su rival demócrata Bernie Sanders
29 may 2016 . Actualizado a las 05:00 h.No ha sido una buena semana para Hillary Clinton, en su camino de vuelta a la Casa Blanca -esta vez en calidad de presidenta-. Un informe oficial acerca del escándalo de sus correos electrónicos la acusa de mentir. También acaba de conocerse que el FBI está investigando a uno de sus más estrechos colaboradores, el gobernador de Virginia Terry McAuliffe, por un asunto de corrupción. Y no es eso lo peor. Un político puede tolerar el escándalo, pero no la impopularidad. Y la impopularidad de Hillary se ha hecho también más evidente esta semana. Las primarias de California, que daba por ganadas, podrían ser más ajustadas de lo previsto frente a su rival demócrata Bernie Sanders. Incluso en la batalla con su probable futuro rival republicano, Donald Trump, las encuestas señalaban esta semana, por primera vez, un empate técnico.
Que Hillary Clinton es una pésima elección para candidata oficialista era evidente desde el principio, porque representa todo lo que el electorado norteamericano rechaza en este momento: el político profesional, los cambalaches de los lobistas, los contactos de alto nivel... Pero, al fin y al cabo, también gracias a todas esas cosas Hillary logró el apoyo del aparato del partido para ser candidata. La cuestión ahora es si, además de en los despachos, puede ganar también en las urnas.
La respuesta es que, de momento, y a pesar las apariencias de esta semana, sigue siendo la favorita. Una favorita por defecto -por los defectos de sus rivales-, pero favorita al fin y al cabo. No tiene el cariño del público, pero sigue contando con el apoyo del partido, que ha comenzado a llenar la convención de julio de delegados incondicionales suyos. Sigue teniendo también la complicidad de los medios de comunicación, que no dejan de buscar un ángulo favorable que la haga simpática a ojos de los electores. No lo están consiguiendo, pero su mala imagen empieza a mostrar un rasgo paradójico: puesto que las expectativas son muy bajas, los escándalos -los correos electrónicos, McAuliffe- tampoco la están dañando especialmente.
En cuanto a los números, estos todavía le son muy favorables a Hillary. Si pierde California, será una humillación, pero Sanders tendría que ganar el 80 por ciento de los delegados aún en liza para poder desafiarla en la convención demócrata, lo que no parece posible. La cuestión clave es si los seguidores de Sanders votarán por Hillary cuando llegue el momento. Por ahora, solo un 51 por ciento dicen que lo hará -hay incluso un 15 por ciento que están dispuestos a votar a Trump antes que a Hillary-.
Es esto lo que hace que Hillary vaya tan mal en las encuestas, pero es un poco engañoso. Los republicanos juegan con la ventaja de que su carrera ya ha concluido y pueden olvidar sus diferencias. Hillary tendrá más difícil que los seguidores de Sanders olviden las suyas, pero es muy posible que, una vez que no haya otra opción, el número de personas dispuestas a votar por ella de mala gana aumente.