Menos petróleo chavista y el megaproyecto de un canal interoceánico marcarán su legislatura
06 nov 2016 . Actualizado a las 08:36 h.Las urnas se abren hoy en Nicaragua, el segundo país más pobre de América, solo por delante de Haití. Los votantes del pequeño Estado centroamericano, de poco más de seis millones de habitantes, eligen presidente. Todo está preparado para la victoria de Daniel Ortega. Será su tercer mandato consecutivo, tras su vuelta al poder en el 2007. Ya había dirigido al país durante los años 80, tras el triunfo de la revolución. Consolidará un Gobierno familiar con su esposa, Rosario Murillo, en la vicepresidencia.
El exguerrillero sandinista supera en algunas encuestas el 65 % de intención de voto. Cinco partidos minoritarios se enfrentan a él, sin opción alguna. El principal grupo de la oposición ha sido expulsado tanto de la Asamblea Nacional como de la contienda electoral por decisiones de la judicatura, controlada por el excombatiente, según sus detractores. Quienes se oponen a Ortega han pedido la abstención activa en unas elecciones que se celebrarán sin observadores por orden presidencial.
La segunda legislatura de Ortega en el siglo XXI ha sido más placentera que la anterior. Ha disfrutado de una amplia mayoría absoluta en la Asamblea Nacional, por lo que pudo reformar la Constitución para asegurarse la reelección y emprender grandes proyectos económicos. Ha apuntado a lo más alto que se puede apuntar en Nicaragua. Pretende hacer realidad la máxima aspiración del país desde hace dos siglos: construir un canal interoceánico que rivalice con el de Panamá. Varios presidentes han fracasado en la gran empresa. Ortega podría unirse a esa lista.
Su Gobierno firmó en el 2013 un acuerdo con el grupo de capital chino HKND. Las negociaciones, según la oposición, fueron opacas. Su presidente, Wang Jing, convencería a varios inversores para llevar a cabo el megaproyecto. Costaría la astronómica cifra de 45.000 millones de euros, cuatro veces el PIB del país. Daría trabajo a cientos de miles de personas y multiplicaría los ingresos del empobrecido Estado. Muchos olieron el maná y el proyecto hizo subir como la espuma la popularidad de Ortega.
Pronto llegaron, sin embargo, las críticas y los problemas. El proyecto fue aprobado mediante una ley que, según denuncia la oposición, supone ceder la soberanía del país al grupo inversor chino durante 50 años, prorrogables otro medio siglo. También hay malestar en las zonas rurales ante expropiaciones que se prevén masivas. Miles de campesinos e indígenas han protestado en los últimos años.
El inicio de la obra, por otro lado, lleva un retraso de casi dos años y muchos creen que no va a comenzar jamás. «En tres años de proyecto nadie ha dicho yo voy a poner tantos millones, en parte porque todavía no hay seguridad y ha habido un enorme rechazo popular. Nadie va a invertir en un lugar donde los locales no los quieren», comenta Rezaye Álvarez, periodista experta en el canal. Aguas turbulentas para un presidente que está acostumbrado a nadar en ellas, tras haber luchado en una revolución, una guerra civil y haber pasado 15 años en la oposición.
«Un robo descarado»
Tiene otra difícil papeleta: el pronunciado descenso de la cooperación petrolera venezolana. Nicaragua ha recibido unos 4.000 millones de euros en dicho concepto gracias a sus buenas relaciones con el chavismo. Esa ayuda recibida de forma preferente, con un interés del 2 % a pagar en 25 años, ha dejado de llegar. Ortega se sirvió de ella para financiar parte de sus proyectos sociales. Ahora podría verse obligado a hacer recortes. La oposición lleva años criticando la administración de la ayuda. «Es un robo descarado. Todo ese dinero, que podría haberle cambiado el rostro a Nicaragua se lo ha apropiado la familia Ortega Murillo. No forma parte del presupuesto de la República. Al final, será el pueblo de Nicaragua el que sufrirá las consecuencias de que esté disminuyendo, ya que la familia en el poder, al monopolizar la importación y la distribución de los combustibles, seguirá recibiendo millones de dólares de ganancias anuales», critica Hugo Torres, excomandante sandinista y ahora en la oposición por su rechazo a las políticas de Ortega.
Esas ayudas sociales son la base de la popularidad de Ortega, junto a la excelsa seguridad del país en comparación con sus vecinos y la subida sostenida de la economía. La pobreza se ha reducido unos 13 puntos, según el Banco Mundial. La oposición, sin embargo, critica el montaje de una red clientelar a través de los subsidios. El descenso de la cooperación venezolana podría significar también el fin de las exenciones fiscales de los empresarios locales. Al contrario que en los 80, Ortega ha creado una alianza con la patronal, a cambio, según sus detractores, del silencio político.
El exguerrillero no parece dispuesto a quedarse inmóvil por las dificultades. Menos aún con la posible aprobación de sanciones de Washington debido al estado de la democracia en el país. Ortega ha comenzado a cultivar alianzas con otras potencias extranjeras, como ya hizo con Libia, Irán y Venezuela en el pasado. A principios de octubre recibió un importantísimo aval de Rusia. «Putin es amigo de Ortega, pero a diferencia de Chávez o Gadafi, no tiene dinero para apoyarlo», comenta el excanciller liberal Norman Caldera.