El pasado 5 de enero nadie sabía quién era Juan Gerardo Antonio Guaidó Márquez (La Guaira, 1983). Hasta esa víspera de Reyes del 2019, era un discreto ingeniero que había sido elegido diputado por la región de Vargas bajo las siglas del partido Voluntad Popular de Leopoldo López, uno de los líderes opositores con más reputación del país. Aquel día, el joven Juan Guaidó se subió a una tarima en el centro de Caracas y sorprendió al mundo autoproclamándose presidente encargado de Venezuela, negando la legitimidad de Nicolás Maduro y exigiendo a todas las autoridades locales que no reconocieran al heredero del chavismo.
Lo que parecía una osada maniobra que podría haber dado con sus huesos en la cárcel resultó ser un movimiento de ajedrez planificado por las potencias del mundo democrático. Automáticamente fue reconocido como el interlocutor legal por casi un centenar de países de todo el mundo. Estados Unidos fue el primero, pero hubo otros muchos, entre ellos los de la Unión Europea, excepto Italia.
Guaidó, cuyo padre vive en Tenerife y tiene antepasados en Pontevedra, era la esperanza de los opositores para protagonizar una transición tranquila. Sabía que desafiando al régimen de Maduro se arriesgaba a la cárcel y ha visto cómo su mujer y su hija han sido intimidados por la policía política chavista. Pero su atrevimiento no ha cesado y desafía con pequeños gestos a la maquinaria del Gobierno que ha empobrecido al país más rico de Sudamérica todos estos años.