LA TRIBUNA | O |
21 jun 2005 . Actualizado a las 07:00 h.INFORMABAN HACE días las televisiones de la calamitosa situación de la mujer en Afganistán. Privada de todo derecho y dignidad, opta en numerosas ocasiones por el suicidio, único vestigio de libertad que todavía le queda. Y esa problemática, que parece tan lejana, la vemos reflejada de manera difusa en nuestra sociedad, ya que todavía es necesario el amparo a la mujer y la creación de centros de información, como el que existe en Sarria y en prácticamente todo el país. Mucho han de cambiar las cosas para que esa tutela estatal no sea necesaria. La misoginia, el desprecio por lo femenino, se palpa casi a diario en amplias capas sociales. Son aquellas que, considerándola sólo en su faceta reproductora, cuanto más prolífica mejor, le recomiendan que vuelva al hogar y al redil. Y son también los que, de manera más o menos velada, justifican la violencia de género y todo tipo de discriminaciones que ven con naturalidad, porque es ley de vida, dicen. Los centros de información a la mujer, por muy necesarios que sean y por muy loable que resulte su labor, ponen de manifiesto la debilidad femenina frente a un modelo patriarcal que pugna todavía por imponerse. En el fondo, atestiguan con su existencia una de las mayores vergüenzas sociales, aquella que pretenda imponer diferentes raseros éticos, laborales e incluso culturales a más de la mitad de la población.