LA TRIBUNA | O |

01 jul 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

NO HACE mucho, escuchaba yo en Sarria, y en boca de alguien que ya peina canas, que los malos tratos con resultado de muerte eran culpa de la víctima y no del agresor. Argumentaba mi interlocutor que la mujer debía aguantar la paliza y al día siguiente, con mucho amor, recriminarle al marido su pasión por la botella, una vez estuviese sobrio y en condiciones de escuchar. De ese modo, asegura, evitaría males mayores. No es un caso aislado, por desgracia. Muchos son los que todavía ven injustificada la ley integral contra la violencia de género y se quejan de la discriminación positiva que instaura con respecto a la mujer. Son los que, por las ganas, las mantendrían en casa y con la pata quebrada. Son los talibanes de nuestro tiempo y están ahí, a nuestro lado, no lo olvidemos. Dotada de protección jurídica, sólo de la mujer depende saber defenderse de los que pretenden menospreciarla y, lo que es más importante, saber detectarlos a tiempo, porque el peor maltrato es el desprecio.