Después del parón de agosto, la escuela del hospital reanuda su actividad con nueva profesora y un grupo reducido de alumnos, aunque con necesidades muy especiales
18 sep 2010 . Actualizado a las 02:00 h.Un bulto detrás de la oreja es el responsable de que Mateo, de nueve años, vaya a tardar en olvidar el comienzo de este curso escolar porque, a diferencia de sus compañeros de colegio, le ha tocado empezar en la clase del Hospital Xeral Calde. Junto a él hay otros diez niños, de entre 18 meses y 14 años, a los que infecciones de oídos, de las vías respiratorias, diabetes o, incluso, una picadura de serpiente han obligado a pasar los primeros días del curso en una clase con compañeros y tareas muy distintas a las de cualquier colegio.
«Trabajamos más el aspecto psicológico que el académico, aunque también. Se trata de que, durante el tiempo que pasan en la escuela olviden que están en el hospital y, al mismo tiempo, que al salir no hayan perdido el ritmo con respecto a sus compañeras de clase», explica la profesora y tutora del aula del Xeral, Margarita Agruña.
Para cumplir ambos objetivos, en la clase hay desde cojines de colores para que se recuesten los más pequeños, juegos de mesa y cuentos hasta libros de distintas materias y seis ordenadores -cedidos por la obra social de La Caixa- donde los menores pueden hacer consultas en Internet, jugar o conectarse a las redes sociales, «pero solo un ratito», matiza Agruña. Esto es algo que suelen hacer los mayores y, según la profesora, «para los niños hospitalizados está muy bien, porque les permite estar en contacto con sus amigos y su día a día».
Mientras Agruña explica la dinámica del centro, una enfermera entra y se lleva a uno de los niños y, en su lugar, aparece una adolescente con suero, que se va derecha a los ordenadores. Este ajetreo impide organizar una clase corriente, por lo que todo se personaliza.
Por ejemplo, Cristina tiene infección en el oído y después de seis días de hospitalización, su madre ha decidido que, ahora que ya no le duele, toca ponerse a estudiar. Y le ha llevado los libros de Coñecemento do Medio, Matemáticas y Galego. Sonriente, la niña explica que las matemáticas son sus preferidas, así que es esa la materia que estudiará junto a la profesora después de la merienda. Agruña explica que esa es la dinámica que sigue con cada uno de los niños ingresados, y siempre teniendo en cuenta la edad y la evolución hospitalaria de cada uno. «Si un día veo que están más pachuchillos o más desanimados, les propongo que pinten o que lean un cuento en lugar de estudiar», matiza Agruña.
Otro que también tendrá que coger los libros antes de llegar a casa es Mateo. Con una formalidad poco corriente a los 9 años, interrumpe una partida de ¿Quién es quién? para explicar que lleva casi cuatro días ingresado a cuenta del bulto, «que no saben lo que es» y que, gracias a la escuela, estar en el hospital no está tan mal como parece.
Pero su madre, la contrincante en el ¿Quien es quien? matiza que ya ha llamado a las mamás de los compañeros corrientes de Mateo para saber qué deberes han puesto en los primeros días y que el niño, que en el momento de escribir este reportaje ya esperaba por el alta, no llegara a clase tan descolocado. «Así que esta tarde nos tocará trabajar», afirma.
Las madres, abuelas u otros familiares comparten «jornada escolar» con los niños y, en todos los casos, son ellas quienes más agobiadas están y no solo por la preocupación del problema de salud del niño o niña.
Como ejemplo, la madre de un crío de seis años llamado Rubén e ingresado por una diabetes recién diagnosticada, que entra y sale cada poco de la clase con una libreta blanca en la que va tomando notas. «En este caso -dice señalando el bloc-soy yo la que tiene que ponerse a estudiar para aprender a organizar nuestra vida en función de la diabetes de Rubén. Así que aquí estoy, tomando apuntes para empezar de nuevo».