Brasil parece haber dejado de ser solo aquella selección de los setenta. O una película de Woody Allen. O el lugar en el que florecen las caipiriñas al paso de las chicas de Ipanema. Ahora Brasil avanza por el carril del crecimiento, en el que aceleran los países llamados emergentes. Y en ese ascenso imparable, ha superado a Reino Unido para situarse como la sexta economía del mundo. «¡Claro!», dirán muchos inversores que ya se han lanzado a esa gran tarta y han caído suavemente en el glaseado. «¿Cómo?», se preguntarán bastantes brasileños. Sí, en los últimos años muchos de ellos han regresado de los países de la zona euro para trabajar en el suyo propio. Pero aunque se esfuercen no aciertan a verse mejor situados que los británicos en gran parte de esas notas insignificantes que componen la partitura de la vida diaria. Porque esas magníficas cuentas no les ofrecen unas condiciones de vida proporcionales a esa sexta posición en la lista de los ricos. Y algo parecido podría decirse de los habitantes de China o de la India. Importan los grandes números. El resumen. Mejor no preguntar. Si la superficie brilla y sirve para que la economía global siga girando, para qué rascar. La esencia es un número. O una palabra. Aquí también. Porque produce congoja recordar la «desaceleración» de Zapatero. Pero también parece una broma macabra anticipar que posiblemente España entre «en recesión» en el 2012. Aunque en la calle se repita que lo peor está por venir, anunciar la recesión suena como hablar de lluvia en pleno diluvio universal. Quizás es que la clase media es la primera que se entera de las malas noticias y la última a la que llegan las buenas.