Hablar de Adri Díaz en el Lemos es hacerlo de resistencia, de entrega y de ese fútbol de salón que evoca al mejor tiki taka. No fue un camino fácil. Quienes abarrotan la grada recuerdan su calvario con las lesiones, esa maldita rotura de menisco que lo apartó durante una temporada y media de los terrenos de juego.
Cualquiera se habría rendido, pero él regresó en plenitud para convertirse en el «fichaje de invierno» soñado, el cerebro que lideró las batallas por el ansiado ascenso a la Tercera Federación. Verlo jugar con dolor, sacrificando el físico por el escudo, era la definición pura de lo que significa sentir estos colores.
El vestuario pierde a un referente y la afición a su brújula. Aunque la directiva se ha movido rápido para equilibrar el bloque, sabemos que el hueco que deja el centrocampista monfortino en la medular no se rellena con pizarras ni tácticas.
Se extrañará su clarividencia en tres cuartos de campo, su pausa cuando el partido quemaba y ese amor propio indomable.
Su salida es un recordatorio de que las prioridades de la vida van más allá del balón, pero el vacío en el corazón de la hinchada lemista tardará en sanar.
Gracias por el fútbol y por tu calidad humana, Adri. El fútbol gallego siempre te estará agradecido.