Una labia embaucadora

CERVANTES

Capítulo/Semana XXXVIII En que don Quijote deja a todos pasmados con un brillante discurso que ustedes jurarán (en falso) haber leído la semana pasada.

18 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

Señoras y señores, si han hecho ustedes los deberes , que lo dudo, han leído uno de los pasajes más relevantes del inmortal Quijote: el discurso de las armas y las letras. Un pasaje con enjundia (miro en el diccionario y descubro que esta palabreja significa «grasa que las gallinas tienen en la overa», ¡manda carallo!). Pertenecen ustedes ahora a una élite intelectual. Yo les aconsejo, por lo tanto, que hagan mención del citado discurso en cuanto tengan oportunidad. E incluso aunque no la tengan. De todas formas, para los que prefieran permanecer en el anonimato de la medianía les voy a intentar hacer un resumen. Se trata de dilucidar qué mola más, si las artes o las letras. Ya dijo Pepe Solís, un castizo ministro de Franco: ¡menos cultura y más deporte! Bueno, pues don Quijote lo mismo. Comienza su alegato anticipándonos que considera que antes las armas que las letras, pero, ¿por qué? Por los cañones. Veamos. Nos dice que es errado pensar que las armas es oficio de ganapanes, que también hacer la guerra es trabajo del espíritu, que es necesario tener entendimiento para decidir una estrategia, anticipar los movimientos del enemigo y en fin, prevenir los daños que se temen. Dice también que tan elevado es el fin de las armas como el de las letras, que si estas procuran la justicia distributiva, que es dar a cada uno lo suyo, aquellas tiene por objeto y fin la paz. Dice también que el sufrimiento de estudiantes y de soldados, si no igual, es bastante parecido. Ambos son pobres. Los unos pasan hambre, frío, desnudez. Tienen falta de camisas y no sobra de zapatos, raridad y poco pelo en el vestido. Los soldados, la miseria de su paga. No sufren de cama estrecha porque su cama es el mismo suelo, y para tener fortuna deben primero sobrevivir a las guerras, que no es por cierto pan comido. Porque los soldados, estando de guardia, sienten el acercamiento de los enemigos y no pueden huir de la amenaza. Pueden sólo dar noticia al capitán, y permanecer en su puesto temiendo tener en algún momento que subir al cielo sin alas, o bajar a lo profundo contra su voluntad (vamos, finar, palmar o mal morir). Y si uno es marinero, todavía peor. Hay que saber (y Cervantes lo sabe, vaya si lo sabe) lo que es embestirse de proa dos galeras y tener que abordar la nave enemiga con la amenaza de cañones que no distan una lanza de tu cuerpo y teniendo que atravesar una estrecha tabla sobre el mar amenazante, y ver como por cada marinero caído otro lo sustituye y aún otro y otro. Como la maldita máquina, disparada por quien quizás huye de miedo al resplandor del propio disparo, corta y acaba en un instante los pensamientos y la vida. Malditos cañones.