No me refiero a la novela de Falcones del mismo título, mi catedral es plural y está situada en la antaño llamada playa de Augasantas, en el concello de Ribadeo, hoy transmutada por arte del márketing en la playa de As Catedrais. Punto final de un laico camino de Santiago que termina donde la naturaleza trabajó las rocas con la mar como arquitecto muchos siglos antes que el maestro Mateo y el maestro Estevo levantaran la maravilla labrada en piedra de la catedral compostelana.
Cuando baja la marea, otra marea humana acude al asalto de las tres naves de roca sacralizando la seo votiva donde moran los vientos, el botafumeiro virtual de las galernas de los inviernos, el parteluz de las tardes de agosto.
Acuden en tropel miles de guiris nacionales disfrazados, vestidos de guiris foráneos, buscando el santo grial de las olas, el sepulcro mágico de la brisa que guarda la lluvia de cristal transparente de las primaveras.
Y anotan sus nombres en los muros de piedra que constatan su paso por la nueva catedral del norte de Lugo. Dejan sus nombres, como los constructores de catedrales del medievo firmaban su identidad secreta en las pisadas de oca labradas en los sillares. La panda de vándalos escriben su nombre y el de su chorba signado con un torpe corazón en un incivil recuerdo presencial, un infantil y provocador grafiti, en un no me olvides infantil, en un estúpido «yo estuve aquí».
Y otra moda, al estilo de los candados de Moccia que adolescentes enamorados cuelgan de las barandillas de los puentes históricos europeos, en los que cruzan el Arno en Florencia o en algunos de los puentes sobre el Sena parisino, debutó esta temporada en As Catedrais. Se trata de llevar cantos rodados o pequeños trozos de pizarra y dejarlos en uno de los pliegues de la roca, emulando los viejos hitos que en los miliarios romanos formaban cementerios de piedras, como las que festonean el camino de San Andrés de Teixido, yendo de vivo para no ir de muerto, según la tradición que asegura que la piedra que el caminante lleva en su ascensión es el ánima de un muerto que no pudo subir la montaña mientras vivía. Modas, costumbres, nuevas rutinas. Más valdría que en las pozas que deja la mar en su retirada los visitantes arrojaran monedas, como en la fontana romana de Trevi, y se pudiera paliar el alto coste que al Concello de Ribadeo le supone mantener la catedral del mar.
El deterioro de este espacio puede ser notable si no se regula, si no se ordena, si no se establece un mínimo conjunto de normas para proteger este singular espacio. Menos mal que ya se cobra una cantidad simbólica por usar los mingitorios públicos. Menos mal que agosto es solo un mes al año. Luego vendrán los días sin visitas, la soledad del otoño y el silencio de los inviernos mientras se prepara otra oleada del verano para cuando baje la marea y la catedral del mar vuelva a emerger con todo su poderío. La primera regla de convivencia es el respeto por la naturaleza. Que nadie lo olvide.