Un vecino de mi pueblo tiene un curioso comportamiento con el teléfono móvil. Cada vez que suena estando en el bar sale disparado a la calle, donde permanece en torno a diez segundos y regresa de nuevo al interior. Cuando le preguntamos por ese extraño comportamiento, afirma convencido: «Vou coller cobertura, que dentro do bar hai pouca». La cuestión me ha venido a la cabeza al leer la noticia sobre Alexéi Dudoladov, un joven ruso de la región siberiana de Omsk. Al parecer el chico trepa a un abedul de 10 metros de altura para mantenerse al día con las clases. Desde que cerraron los centros educativos en la región por la pandemia y pasaron al aprendizaje telemático, señala que es la forma que ha encontrado el joven de 21 años, estudiante de ingeniería mecánica naval, de descargarse los contenidos y, cuando puede, seguir unos minutos de las lecciones por Zoom.
En su aldea, Stankevichi, de 50 habitantes, la conexión a Internet es pésima, apenas va el 2G, y por rachas. «El mejor sitio, sin duda, es en la copa del abedul», cuenta Dudoladov. De esta forma ha conseguido llamar la atención y denunciar la mala calidad de las redes con su acción: «Traté de explicar en la facultad que para bajar el material o conseguir unos cuantos minutos de clase tengo que subirme a un árbol, pero no me creyeron; debieron pensar que me las quería saltar».
Pero no piensen que hay que ir a Siberia, basta con acercarse a Ourol (Lugo). Este diario daba cuenta de los problemas de algunos lugares del municipio que carecen de una mínima cobertura, obligando a los vecinos a desplazarse a un lugar cercano para ver rayitas en su teléfono. Al parecer los vecinos de Ourol, como de otros lugares de Galicia, llevan años demandando una mejora en las comunicaciones que nunca llega.
Antes de las actuales limitaciones a la movilidad traté inútilmente de comunicarme con el móvil desde una pequeña aldea del concello de Pedrafita; al final, como mi vecino, subí a la cima del pueblo y conseguí «coller cobertura»; lo mismo me ocurrió en un lugar en las proximidades de A Ponte de Loúzara y cerca de Santalla, ambos en Samos.
Al regresar, me sorprendí de que la parte alta del valle estaba llena de hermosos bosques de abedules y que, como Dudalodov, numerosos ancianos trataban de subir a los árboles para arreglar sus citas médicas o hablar con sus familiares en Barcelona. La imagen me pareció tan extraordinaria que pensé que la brecha digital del medio rural solo se acabará cuando arces, robles o hayas nos permitan, como el abedul, «coller cobertura».