CARLOS MARCOS BLANCO
29 sep 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Uno de los alicientes que tiene el hecho de vivir es, seguramente, la contradicción permanente en la que nos movemos. Las mismas cosas tienen casi siempre múltiples interpretaciones, de ahí que alguien dijera aquello de «nada es verdad ni es mentira, todo depende del color del cristal con que se mira». Es cierto; la vida que disfrutamos es, en principio, sencilla. Sin embargo, hemos de reconocer que se va complicando, en ocasiones hasta extremos que cruzan la raya de lo razonable. ¿Por qué se complica la vida? ¿Quién la hace complicada? Ambas cuestiones tienen una fácil respuesta: nosotros, los seres vivientes, ¿racionales?, la hacemos difícil y, lo que es peor, se la complicamos a los demás. Hecho este preámbulo, detecto en la fauna humana la presencia, cada vez más activa, de unos seres (humanoides) que son auténticos especialistas en estas lides de complicarlo todo: los mediocres. En su día, Alfonso Guerra acuñó una frase fantástica que yo he elegido para dar título a este artículo: Los bomberos pirómanos. Este especimen entiende que la forma de vida ideal consiste en ir generando problemas inexistentes con el único fin de solucionarlos él mismo; de esta forma tan absurda se siente útil e incluso necesario. Aquí se ha inventado un proceso de integración social que proporciona un papel importante a auténticos parásitos sociales. Permítanme un ejemplo tangible que todos van a entender. Esa persona que, escondida detrás de una ventanilla y con sueldo oficial, te mira como haciéndote un favor y te dice que el papel que necesitas es complicado de conseguir, eso sí, que él va a hacer lo que pueda para proporcionártelo pero que no te promete nada. La explicación sería razonable si no fuera porque tal papel lo tiene debajo del mostrador y, estirando un brazo, podría dártelo en el momento que tú lo solicitas. Si lo hiciera, podríamos valorar su efectividad y agradecerle el servicio, pero si te lo complica un poco consigue lo siguiente: demostrar una posición de poder; venderte un favor; en ciertos casos, lograr una propina; y sentirse necesario e importante. Personajes variopintos Extrapolen ustedes este simple ejemplo a su vida cotidiana. Encontrarán personajes variopintos que influyen en su vida negativamente: un repartidor, un aparcacoches, un policía municipal, un abogado, un alcalde, etcétera. Lo peor es que personas con este perfil complicador han encontrado todo un mundo para realzarse en puestos políticos. Los partidos se están nutriendo de bomberos pirómanos, y cada día consiguen puestos de mayor relevancia desde donde pueden complicar a más y a más gente. León Trosky dijo: «Que Stalin alcanzase su posición fue la suprema expresión de la mediocridad del aparato del partido». Analicen ustedes los aparatos de los partidos, los cargos públicos, los cargos de confianza. Quizá ahí esté una parte de la explicación del porqué nos complican la vida tantas veces sin saber por qué. Existen muchas personas de gran valía en puestos de decisión que nos facilitan y solucionan muchas cosas, pero es absolutamente cierto que la mediocridad se ha instalado en demasiados estamentos del poder. A ellos, a los bomberos pirómanos, les quiero dedicar la letra de aquella canción de Serrat que todos conocemos: «...niño deja ya de...».