ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
28 oct 2000 . Actualizado a las 07:00 h.«Es uno de los personajes más importantes de la izquierda en este siglo». Eso decía Ángeles Maestro de Julio Anguita hace unos días. ¿Uno de los personajes más importantes de la izquierda? Seguro: tanto como _salvadas todas las distancias_ lo ha sido, por ejemplo, Fidel Castro, quien, al igual que Anguita, ha contribuido, como pocos, a la destrucción de la cultura de la izquierda. La de los farsantes: esa es la estirpe a la que por derecho propio pertenecen ambos políticos, pues ambos han protagonizado, amparándose en el discurso y los valores de la rancia izquierda comunista, uno de los fraudes políticos más pretenciosos que cabe recordar. Anguita se montó en el justo desencanto generado por la larguísima gestión del Partido Socialista, y desde ahí soñó con convertirse en el Robespierre de las izquierdas, para acabar siendo, en realidad, el Pierrot de las derechas, al servicio del nuevo señor Pantalón de la política española. Será, de hecho, ese increíble transformismo del timonel el que terminará por arrastrar a IU al pantano en que hoy se encuentra. En realidad, en la dirección de la coalición filocomunista acabarán por juntarse, finalmente, el hambre y las ganas de comer: por un lado, un Julio Anguita convencido de que debería ponerse en manos del PP para, con su ayuda, lograr descabezar a la nefanda hidra felipista; por el otro, un sindicato de tontos útiles, expulsados y/o huidos del PSOE y del PCE, que vieron en IU una cómoda posada en que esperar la derrota de los gigantes por el nuevo Don Quijote. Pero, como Roma, los cientos de miles de sinceros votantes progresistas que habían apoyado a Robespierre y vieron a Pierrot salirse de su piel, no pagaron al traidor. Y Anguita, con su corte de damnificados, se fueron al infierno en unas elecciones en que la gran contribución de IU a la política de izquierdas española fue facilitar el éxito electoral de la derecha. El reto con el que ahora, tras su merecidísima debacle, se enfrenta Izquierda Unida es el de dar algún sentido a su denominación, volviendo a los territorios de la izquierda y recuperando la unidad dinamitada por los jugueteos de sus irresponsables dirigentes. ¡Ojalá pueda conseguirlo! Pues de ello depende, entre otras cosas, que los socialdemócratas vuelvan a gobernar este país alguna vez de la única forma en que resulta tolerable: sin que los nacionalistas los tengan permanentemente cogidos por el cuello.