CÉSAR ANTONIO MOLINA
18 ene 2001 . Actualizado a las 06:00 h.«No leer periódicos, o leerlos sólo para saber lo que de poco importante y curioso sucede», escribe Bernardo Soares, y añade que el supremo estado honroso para un hombre superior es no saber quién es el jefe del Estado de su país. Sin embargo, yo no cejo en buscar informaciones cuya trascendencia sea otra. Así, me entero, en estas mismas páginas, que la Compañía de Tranvías de A Coruña acaba de comprar uno lisboeta. Desde 1930 estuvo prestando servicio por las ruas de la Baixa y las afueras, y ahora lo hará por el paseo marítimo de la ciudad herculina, una vez le arreglen el chasis. Espero que lo dejen tal cual, pues en él, con toda seguridad, subieron infinidad de veces el patrón Vasques, el contable Moreira, el cajero Borges, el dependiente Vieira y Antonio, el chico de los recados de la oficina de la Rua dos Douradores. Este chasis era la cárcel del ser, la cárcel del pensar a donde Pessoa acudía para ir sin rumbo. Desde esos amplios ventanales gritó: «Esteves. ¡Adiós, Esteves!»; vio pasar al chevrolet prestado, a la niña comiendo chocolatinas, al dependiente del estanco que se suicidó en otra vuelta, los muelles repletos de viajeros, al rebaño de Caeiro, a los barberos ociosos, los escaparates de las tiendas de ultramarinos y a los clientes entrando y saliendo de las zapaterías y de los cafés bajo las arcadas. En este escaso espacio, el tímido Pessoa besó a Ophelia, se encontró a Alvaro de Campos y a Ricardo Reis cuando Saramago lo hizo regresar del Brasil, en el año 1935. En el mismo año treinta, cuando lo botaron, Fernando viajó con Aleister Crowley. Lo acompañó a Cascaes, a la Boca do Inferno. Y al no haber salido nunca de Lisboa, el viaje en este tranvía, con aquel inglés extravagante y demoníaco, le pareció como ir al infinito. En esos asientos de paja fuerte y menuda sesteó en la víspera de no partir nunca, pues la sola idea de moverse le producía náuseas, contempló la prisa del mundo exterior, escuchó el triste sonido de la campanilla y el apresuramiento en la subida de niñas de blanco y niños de terciopelo. ¿Alguien se dio cuenta de su presencia? En la caverna móvil de ese tranvía que antes se aventuraba a llegar hasta Bemfica o a Cintra, y ahora irá desde el Parrote a Riazor, viajaron tantas almas que pensaban ser las mismas cosas que no podían serlas tantos. También esa persona insignificante, acurrucada junto a la ventanilla, mirando sin ver los paisajes. «¿En qué piensa?», le preguntaré cuando estemos pasando frente a la peña de A Marola. «Pienso en pasado mañana, cuando podré ser el que hoy no puedo ser», seguramente responderá mientras me apeo en mi parada agotado, como si hubiese vivido la vida entera de tantas vidas. Y el tranvía partirá llevando vidas del pasado al futuro. ¿A cuál pertenecemos? ¡Por favor, no destruyan el chasis!