EL DESEO EFÍMERO

La Voz

OPINIÓN

CÉSAR ANTONIO MOLINA

08 mar 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

A la vista de los objetos que se exhiben en el Museo del Cine de Berlín, algunos de los más valiosos se le deben a la generosidad de la hija de Marlene Dietrich, María Riva. Lola Lola, la cabaretera de Der blaue Engel de Josef von Stemberg, basada en la novela de Heinrich Mann, Profesor Unrat, que hace sucumbir al sabio maestro representado por Emil Jannings, contribuye a su mito con un montón de vestidos usados en algunos de sus más conocidos filmes. Cada ropa se autentifica pasando junto a la vitrina un fragmento de la cinta. Dan idea de la poca talla que tenía y de su extrema delgadez. El que más me incita es éste, de lentejuelas, que llevó en el filme de Billy Wilder, A foreign affair. Marlene, haciendo el papel de una cantante que fue colaboradora nazi, seduce a un ingenuo militar norteamericano destinado en el Berlín ocupado. La actriz me sigue embelesando mientras canta Ruins of Berlin. Allí también están los zapatos de tacón, blanquinegros. Marlene, Marilyn, Garbo, cuánta carne fresca, cuánto deseo, cuánta belleza efímera, si no fuera por el cruel celuloide. Gracias a la actriz sueca, puedo ver otro objeto de valor. Murnau, del cual en un vídeo se pasan escenas del rodaje de Amanecer, murió a temprana edad en un accidente de coche en Santa Bárbara. Su cuerpo fue repatriado a Alemania y enterrado en Stahnsdorf, cerca de Potsdam. Se le hizo una mascarilla que estuvo en posesión de Greta Garbo y ahora se guarda en esta vitrina. Abandono estas estancias y me dirijo a otra planta para contemplar la exposición temporal que, con motivo del Festival, se ha montado en torno a Fritz Lang. De nuevo me muevo en medio de carteles, proyecciones, documentos, cartas y contratos curiosos como el firmado entre el director y el escritor-guionista Bertolt Brecht, a propósito de Hangmen also die. Pero mi mejor sorpresa surge al encontrarme, frente a frente, con el cuadro de The woman in the window, en España rebautizada precisamente como La mujer del cuadro. Aquel retrato de Joan Bennett que dislocó la rutinaria vida del personaje interpretado, por Edward G. Robinson. Es una pintura correcta cuyo autor y propiedad desconozco, pues ni figura en la cartela ni en el gigantesco catálogo. Si en la pantalla todos estos objetos de atrezzo parecían tener vida propia e inmortal, ahora al alcance de mi mano, los observo como huérfanos, tan mortales como yo, que vivo también una vida prestada. Cuando salgo de nuevo a Potsdamer Platz aún brilla el sol. Pienso a dónde ir y ya estoy en el Friedhof Stubenrauchstrasse. Es un pequeño cementerio de tumbas anónimas. Marlene quiso ser enterrada junto a su madre. La tumba es como tantas otras. El epitafio reproduce el verso de un poema de Theodor Körner que dice algo así como: «Aquí permaneceré el resto de mis días». Marlene, rodeada y perseguida por tantos amantes desamados (sólo Jean Gabin la dejó) está abandonada a mis pies, echada voluptuosamente, con sus muslos a medio tapar por el liguero y las medias negras, con sus ojos timadores, sus manos de terciopelo, sus uñas pintadas con la sangre de tantas heridas, bajo este otro gran baldaquino de mármol. ¡Ah, qué frágil es la carne!