MEDIO AMBIENTE Y DERECHO INTERNACIONAL Ventura Pérez Mariño
03 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.La tierra se recalienta: según un informe del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, el aumento de la temperatura media durante el siglo XX atribuible a actividades humanas ha sido 0,6 grados; aumento que en el presente siglo puede alcanzar 5,8 grados más. El problema es real. El nivel del mar puede subir hasta un metro, se reducirá el agua potable, se propiciarán los huracanes y tormentas, las inundaciones y sequías. Ante tales riesgos, previstos por los científicos desde hace ya años, los responsables políticos habían firmado en Kioto en 1997 un protocolo para la reducción de la emisión de gases que producen el efecto invernadero, que preveía una reducción de un 5,2% de emisión de media entre 2008 y 2012. Probablemente poco, pero era un primer paso, y sobre todo era un acuerdo de la comunidad internacional constituida por los países más desarrollados y por ende más contaminantes. Pero hete ahí que llegó el presidente Bush, que respondiendo demasiado pronto a lo que desgraciadamente muchos auguraban, ha dicho ¡esta tierra es mía! y ha sentado sus reales manifestando que no va a ratificar el acuerdo de Kioto. Sus razones no contradicen las hipótesis científicas. Son muy simples: nada debe de poner en entredicho el desarrollo económico de la industria estadounidense, que sin duda coincide con los intereses económicos de su entorno. El respeto de los acuerdos internacionales, en la medida de su no obligatoriedad para los fuertes, supone un ejercicio de mesura, prudencia y convencimiento, pero no exento de presión. Ante un trágala de esa naturaleza la muy educada comunidad internacional debe de dar una respuesta unívoca. Y contundente. El felón debe saber que su decisión molesta y que no la puede imponer sin costes, a salvo, claro está, de que nuestra dignidad se desparrame. Estamos acostumbrados al rasgar de vestiduras de los países desarrollados ante los desaguisados de los dictatorzuelos. Buena ocasión nos ha brindado para demostrar que no sólo va con ellos. La tierra no es de Bush; es nuestra, ha dicho el secretario general de las Naciones Unidas, Kofi Annan. Es un tesoro que guardamos para las generaciones futuras, para nuestros hijos y para los hijos de nuestros hijos, incluidos los de Bush. Irrita el pensar que una persona, o un país, por muy poderoso que sea, puede despreciar de esa forma el futuro o la opinión de los demás. Así es la civilización: para este viaje no se necesitaban tantas alforjas.