XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
25 abr 2001 . Actualizado a las 07:00 h.No creo que los nacionalistas hayan elegido el mejor momento para criticar el discurso del Rey. Porque, aunque sea verdad que el juicio emitido sobre el desarrollo de la lengua castellana es parcial y erróneo, también es cierto que la alocución real se mantuvo dentro del modelo utilizado por don Juan Carlos a lo largo de las últimas décadas, sin que nadie haya expresado la necesidad de analizarlo y de abordar su reforma en términos sustantivos. En la actual situación de España, considero una equivocación enorme e innecesaria el cultivar una imagen de la monarquía que, a pesar de estar protegida por un discurso rayano en lo empalagoso, se fundamenta en la banalización extrema de la figura del Jefe del Estado. Tenemos un Rey que, especializado en actos intranscendentes, parece cautivo de las camarillas culturales que monopolizan la España yupie que resiste en Madrid. Después de cuatro lustros de democracia parlamentaria, aún no hemos encontrado la forma de introducir al Rey en las expresiones más institucionalizadas de la política de Estado. Y por eso seguimos creyendo que la curiosa monarcolatría que le tributamos a don Juan Carlos -muy típica de republicanos conversos- se basta y se sobra para convalidar la aburrida proliferación de actos en los que el Rey aparece mezclado con una aristocracia entre advenediza y decadente y con una corte milagrosa de altos funcionarios que, a esas horas, deberían estar trabajando. Por eso me parece exagerada la reacción de los nacionalistas: porque es una repentina e inesperada exigencia de rigor intelectual, político e histórico, que surge en medio de un tracto discursivo sumamente pobre y lleno de tópicos, más pensado para servir de altavoz a la política dominante que para expresar la realidad de un país plural y complejo que es, por eso mismo, tan atractivo y sugerente. Banalización El problema del discurso pronunciado en la entrega del premio Cervantes no es su opinable desenfoque histórico. El fondo del asunto es la banalización sistemática de un discurso real que, manejado por los gobiernos de turno con escaso acierto y atención, acaba siendo un reflejo de los tópicos más estériles que alimentan el discurso único de la política española. Y, en ese sentido, nadie debería arremeter, a través del Rey, contra la doctrina de Aznar. O no debría de hacerlo, al menos, mientras se sigue jalenado la rancia España que se asomó, por sorpresa, al Paraninfo de Alcalá.