ROBERTO L. BLANCO VALDÉS EL OJO PÚBLICO
26 may 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Decir de Fina que era una empleada del hogar, sería faltar groseramente a la verdad. Fina fue durante nuestra infancia -la de mis hermanos y mis primos- el propio hogar, su misma esencia. Trabajó durante casi quince años en casa de mi tía María Luisa y todavía la recuerdo contándonos historias de la cabra montesina. Fina era la alegría y la espontaneidad en un mundo dominado por la rigidez y el color gris. Un día fue a comprarse una chaqueta y volvió a casa de mi tía comentando que la prenda le sentaba «fetal, fetal». Mi tía le recomendó que volviese a la tienda de inmediato y la cambiase, a lo que Fina retrucó. «Pero, como a vou cambiar, sita María Luisa, se me vai fetal, fetal... de ben». Fatal, fatal de bien. He ahí, en cuatro palabras, formulada, con la inteligencia que para el retruécano tuvo siempre nuestra Fina, la filosofía con que miles de gallegos se enfrentan con los desafíos del urbanismo y del paisaje. Por aquí se hacen las cosas desde hace muchos años fatal, pero la percepción de los afectados es que todo marcha bien: hay más casas, más grandes, mejores y más nuevas. ¿A qué quejarse? Sólo así puede entenderse la eficacia destructiva, propia de un ejército prusiano, con que en la Galicia rural y rururbana y en las villas del interior y de la costa, propietarios, constructores y arquitectos se han aplicado a arrasar una arquitectura y un paisaje de belleza alucinante. También en Galicia, como en la re-visión de Verne realizada por Cortázar, es posible dar la vuelta al día en 80 mundos: basta pasearse para ver pueblos que se parecen a Beirut y ensanches típicos del más degradado México DF, y palafitos que recuerdan a las construcciones amazónicas, y chalets propios de los Alpes, y colores caribeños, y casas Le Corbusier pegadas a ordenadísimas palleiras, y, en fin, rehabilitaciones a medio camino entre la horterada, la pretensión de pasar a la historia y la cutrez. Todo claro, presidido por las omnipresentes jaulas de botellas -que ni aun en su mayor delirio creativo hubiera imaginado el gran tomador de pelo Mario Merz-, el cemento y la uralita, el azulejo y el aluminio, el plástico y los prefabricados de hormigón. La destrucción ha llegado a un punto tan sobrecogedor y tan difícilmente reversible, que o se adoptan urgentísimas medidas de prevención, represión y educación, o Galicia desaparecerá. Sencillamente. No sé si el gallego durará o no doscientos años, como preguntaba el otro día este periódico, aunque tengo la esperanza de que sí. Si fuera de ese modo, podríamos encontrarnos con algo que no habíamos llegado a imaginar ni en nuestras peores pesadillas: con una lengua que sirve para describir un país inexistente.