ENRIQUE VÁZQUEZ LÍNEA ABIERTA
08 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.«No hay sustituto para la victoria», dijo el general McArthur. Eso en política es, como en la guerra, un axioma y el perspicaz Tony Blair lo sabe como nadie: lejos de todo doctrinarismo, pegado al suelo, con gran olfato y sabiendo hacer de la necesidad virtud (¡qué manejo el de la fiebre aftosa!) ha sido triunfalmente reelegido... Blair ha conservado su amplia mayoría y forzado la dimisión del jefe conservador William Hague a base de sentido común, pragmatismo y buenas maneras. Sería injusto atribuir este éxito a su condición de gran comunicador o a la debilidad opositora, pero es cierto que ha tenido tres grandes aliados: la muy baja participación, el sistema electoral y... la señora Thatcher. Empeñada en identificar el fin de la soberanía política del Reino Unido con la llegada del euro, arcaica como nunca y predicando a los convencidos, no dio ni un solo voto a Hague y ayudó a que la normalidad que encarna Blair se impusiera como lo ha hecho.