HERMANO

La Voz

OPINIÓN

CARLOS G. REIGOSA DE SOL A SOL

09 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

No había terminado aún la segunda edición de Gran hermano en Tele 5 cuando ya su presentadora, mi buena amiga Mercedes Milá, anunció la tercera convocatoria de tan triunfante y arrasador programa, que siembra escalofríos en los cuerpos serranos de directivos de otras cadenas. Y es que la cosa tiene sus muchos millones de televidentes, de súbito cautivos de una atracción fatal sólo aparentemente interactiva. Yo no voy de intelectual anti de esta modalidad televisiva. Y menos aún la defiendo. Sólo soy un ser fascinado por el hecho en sí, por el conmovedor episodio de masas que representa, por las lágrimas irrefrenables de quienes se ven forzados a abandonar la casa, por los amores eternos que allí se forjan, por las amistades sin fin. Y es que Gran hermano ha recuperado las esencias del circo romano, y todo espectador es un pequeño César que sentencia -vía telefónica- vida o muerte para el nominado. Con una gran ventaja sobre el circo romano: que no hay una sangre engorrosa ensuciándonos la arena de la conciencia. Porque lo que nosotros hacemos con los concursantes es simplemente Justicia (¿la de Lynch?). Por referéndum. Y desde casa.