LA PENÍNSULA / Eduardo Chamorro
21 jul 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Fernández del Riego recordaba hace poco, en estas mismas páginas, los cuadros de Frans Hals vistos bajo la asesoría de Friedlander, apellido ilustre en la Historia del Arte. Fernández llama a Hals pintor de «os momentos benaventurados da vida». Hals reflejó la alegría de vivir en la época privilegiada del dulce capitalismo holandés, y de salvar el pellejo durante una guerra tan de nunca acabar que fue llamada la de los Treinta Años. Tanto pintó Hals a la gente de la ciudad de Haarlem que su ayuntamiento le concedió una pensión vitalicia para afrontar la indigencia que se le echó encima al llegar la etapa final de una vida que se prolongó hasta los 85 años. Esa indigencia no tuvo que ver con fracaso alguno. Lo que le ocurrió a Frans Hals fue que, al cabo de los años, llegó a saber tanto de pintura que comenzó a resultarle aburrida. Y no sólo eso: la experiencia con sus modelos le proporcionó un conocimiento tan ceñido de la naturaleza humana que se le fue el apetito de pintarla. Por eso abandonó la creación para dedicarse a la enseñanza. Pero antes de eso ganó mucho dinero. Mucho más que Vermeer, que se puso a pintar cuando Hals contaba 70 años, y casi tanto como Rembrandt, que empezó a ganarse la vida con los pinceles a los 19 años, cuando Hals andaba por los 40. Rembrandt cobró 1.600 florines de 1642 por su Guardia nocturna, y Hals 1.056 de 1633 por su Flaca compañía, asi llamada porque todos los que salen en el cuadro estaban en los huesos. Doscientos años después, en 1865, lord Hertford pagaría 51.000 francos por El caballero sonriente, el lienzo probablemente más conocido de Hals, colgado hoy en Londres. Dedicado a la enseñanza, fue un maestro tan cordial que sus alumnos adquirieron la costumbre de acompañarle a las tabernas en las que se calentaba antes de irse a la cama. Adrian Brouwer y Dirck Van Delen le llevaban a casa, le metían en la cama y apagaban la luz de su alcoba. Así supieron de la jaculatoria que Hals murmuraba al conciliar el sueño: «Oh, Señor, llévame pronto a tus alturas». Entonces se les ocurrió la broma de taladrar el techo y pasar por los agujeros unas cuerdas que ataron a los pies de la cama, para izarla cuando el maestro pronunciara las palabras con la que despedía la jornada. Cuando los conjurados se pusieron manos a la broma, el maestro sintió que algo tiraba de él hacia lo alto. Entonces añadió un matiz a su jaculatoria: «Bueno, bueno, Señor, no tan deprisa».