EL TUFO ACRE DE LA MORALINA

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

12 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Al dios Baal le hacían sacrificios humanos. A la víctima le clavaban un cuchillo en el pecho, le arrancaban el corazón de un tajo, y la echaban directamente al fuego que ardía en el vientre del dios. Y así le rezaron, por muchos años, hasta que a un devoto del sanguinario dios le pareció que la ceremonia tenía poco gancho y no motivaba al público. Y por eso inventó el famoso ídolo de bronce, hueco por dentro, y con la figura semihumana del dios. La estatua tenía abierta la boca, y era practicable por la parte de atrás, y los sacrificios se celebraban metiendo dentro a un hombre vivo, y haciendo fuego debajo del dios, hasta que se ponía al rojo vivo. Y dicen las crónicas que los alaridos de la víctima, amplificados por el becerro, eran confundidos por el pueblo con los gritos de Baal, que manifestaba de esta entrañable forma su absoluta complacencia. Pero la historia se completa con un detalle de especial importancia. Porque también dice la tradición que los sacerdotes de Baal, después de recibir las explicaciones sobre el funcionamiento del ídolo, decidieron adoptarlo, y le concedieron a su inventor el alto honor de probarlo. Y así lo inauguraron: metiendo al devoto en su invento, poniéndole fuego, y convirtiéndolo en lengua de los mensajes del dios. Pues lo mismo, digo yo, y salvando las distancias, había que hacer con Ramallo y su coro de inquisidores, que hicieron el camino de la Moncloa quemando socialistas en el altar de Baal. Si fuésemos listos, como aquellos sacerdotes, cogeríamos su invento y se lo aplicaríamos sin contemplaciones, y, al tiempo de satisfacer al insaciable dios de la moral del embudo, nos libraríamos de estos devotos del carajo, que queman a los malos para ocupar su sitio y hacer sus enjuagues y negocios. Lo repugnante de la actualidad no está en lo sustantivo de los casos: caso Piqué, caso Matas, caso Gescartera, caso Ramallo, caso juzgados de Marbella, caso del lino, caso Zamora... Lo que da verdadero asco es ver a los inquisidores en plena faena, llenando sus bolsillos, financiando su partido y tratándonos de incautos, mientras se ríen a carcajadas de la devoción que despertaron un día frente al altar de la honestidad. Y eso es lo que un pueblo maduro, amante de la democracia, jamás debería tolerar: que se haga teatro con la moral, que salgan los payasos a predicar penitencia, y que luego pasen la gorra para cobrar la función. El problema que empieza a tener Aznar es que ya no puede soportar que lo midan con su vara, ni le endilguen su discurso, ni le menten a sus moralistas, ni le apliquen sus códigos éticos, ni le recuerden sus dogmas. Porque es como meterlo en la estatua de Baal y quemarlo, con fuego vivo y tufo de moralina.