LA PESADA CARGA DE LA BELLEZA

OPINIÓN

13 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

La belleza física en las personas es ansiada y efímera; su aparición, arbitraria y escasa, lo que permite pensar, en su caso, que se posee lo deseado o que se contempla lo único. La abundancia de lo bello lo marchita como el frío hace con el jazmín más penetrante. Es una lástima que una criatura tan maravillosa llegue alguna vez a envejecer, le dijo Oscar Wilde a su amigo el pintor Basil Hallward cuando contemplaba al modelo que posaba para el pintor, al que se conocía como Radiante juventud. Wilde, homosexual, casado y con dos hijos, se sentía inclinado de forma apasionada hacia ese ideal de belleza física que, no sólo para él, implica la juventud. La belleza, afirmaba, hace príncipes a quienes la poseen. La aspiración de verse mimado por las formas es una constante en todas las culturas. Los dioses de la mitología griega derrochaban donaire y condenaban a la fealdad a aquellos que se les enfrentaban u osaban emularlos. Policleto, cuando esculpía, compuso el canon de las proporciones. Recientemente el cirujano plástico californiano Dr. Marquardt, después de largas investigaciones y basándose en la llamada sección áurea que los antiguos griegos utilizaban para medir las proporciones ideales, ha ideado una máscara de la belleza universal, en cuyo rebufo aventamos comprometidos de forma generalizada. En esa ansia de búsqueda de lo bello y diferente, -la vanidad del parecer en combate con la humildad del ser-, el verano debería ser el mejor aliado, escaparate real cuando las ropas desaparecen y se muestran los cuerpos al sol y a las miradas, e incluso al placer. Sin embargo, el cuerpo nunca da de sí tanto como la artificiosidad publicitaria promete. No es ajeno el acopio de grasas en zonas visibles, la celulitis rampante instalándose de forma inequívoca, el pelo que persiste en su desaparición o las arrugas que fluyen implacables como la lava de un volcán en erupción a la que no hay forma de encauzar. Masajes, cremas, dietas, tratamientos o cirujanos plásticos constituyen el rompeolas coyuntural y casi siempre ficticio contra el bravío del paso del tiempo. Antes y ahora las mujeres y cada día más los hombres, intentamos resistir el deterioro físico que ineluctablemente se produce. Pero como el trigo en el campo, el cuerpo se agosta con el paso de los años por más que los riegos y fertilizantes retrasen el momento. La belleza entonces ha de situarse en la aceptación honorable de ese acontecer físico a veces arrollador, que conduce a otras bellezas, dicen interiores, menos aparatosas, tal vez más exigentes, pero en cualquier caso más perdurables y satisfactorias. Entre tanto, mediado ya el verano, hemos de aceptar la insoportable levedad del ser.