HERIDAS DEL RECUERDO

La Voz

OPINIÓN

CÉSAR ANTONIO MOLINA VIVIR SIN SER VISTO

23 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Todo empezó en una taberna. Losas de granito fueron puestas sobre la Königsplatz, se oían así mejor las pisadas del paso de la oca frente a los Propileos y la Gliptoteca de Leo von Klenze. En la Ludwigstrasse hay un edificio de ladrillo rojo. Fue la sede central de la administración de las minas de Baviera y ahora es un ala más de la Ludwig Maximilian Universität. En su esquina con la calle Schelling, pueden verse impactos de balas. Un cartel dice que son las heridas del recuerdo. En el patio central hay un pequeño monumento a los profesores y alumnos inmolados en lucha pacífica contra la utopía mortífera. El movimiento de La rosa blanca. En la misma Ludwigstrasse, Luis I levantó un arco del triunfo, copiado de la antigua Roma, dedicado a las victorias del ejército bávaro. Su friso central fue destruido durante los bombardeos aliados. Hoy en su lugar está colocada esta inscripción: Dedicado a la Victoria. Destruido por la guerra. Avisa para la paz. El bastión de la contrarreforma, la ciudad del fastuoso barroco y el exuberante rococó, la capital del movimiento nacional-socialista, fue bombardeada setenta y una veces. El cincuenta por ciento de sus edificios históricos fueron destruidos y gran parte de los mismos reconstruidos. Entonces se pobló de torres-bunker, largas catacumbas ahora abandonadas. En el cementerio judío, en muchas lápidas, se repite: Deport. u. Umgekommen (deportado y asesinado). El padre Mayer clamaba desde su púlpito, mientras la autoridad católica le prohibió hablar y la Gestapo lo paseó por cárceles. En Dahau, a unos veinte kilómetros, la puerta de hierro de la entrada conserva grabada la inscripción: Arbeit Macht Frei, el trabajo hace libre. La Casa del Arte Alemán, hoy reconvertida en la Casa del Arte, donde se exhibió la muestra del arte degenerado, tenía en su dintel estas palabras de Hitler: «El arte es una misión elevada que obliga al fanatismo». Por la avenida Brienner hasta la Königsplatz, aún podemos ver varios edificios del Tercer Reich, y los pilares del altar al héroe nacional-socialista. Quedan las huellas de las águilas y esvásticas retiradas y una densidad de arbolado que oculta discretamente el horror. El jardín de la Residencia Real, el Hofgarten, conserva un aire renacentista. En una pequeña explanada bajo el nivel del suelo hay una tremenda losa de piedra blanca sostenida por estrechos muros entre los cuales se disponen varias escaleras paralelas que descienden al interior del sepulcro abierto. En una cara de la roca está cincelada una alargada y clara inscripción que dice: Sie werden auferstehen (resucitarán). Dentro de él, en un espacio sobrecogedor, se encuentra yacente una gran estatua de un soldado de la primera guerra mundial. Lleva casco, está vestido con su abrigo y ornamentos de campaña y, sobre sus manos, sostiene un fusil. Nadie diría que está muerto, sino dormido, y esa sensación de su rostro es lo que causa inquietud. Todo empezó en una taberna. La Hofbräu da a la Platzl, la plazoleta, en donde el músico italiano Orlando di Lasso tuvo su casa siendo maestro de capilla de la Corte. ¡Cuántos acordes y cuántos desacordes! Entro en la taberna. Es tan grande como una catedral. Los chillidos, la música, el sudor de los bebedores marean. Sobre el pequeño escenario donde tocan los músicos hay un arco que sostiene a otro piso. Escrita con caracteres góticos leo la siguiente frase: Durst ist schlimmer als Heimweh, la sed es peor que la nostalgia.