CÉSAR ANTONIO MOLINA
06 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.La mayor antigüedad del cementerio judío de la 37 Garchinger Strasse de Munich se remonta a comienzos del siglo XX. Ocupa una extensa manzana que se confunde con un parque debido a la gran cantidad de árboles y sus altas y copiosas copas: tilos, fresnos, alisos, olmos. Sin embargo, ya dentro de él, a pesar de la variedad de las especies biológicas, donde uno se encuentra es en un bello y sereno jardín de rocas que dialogan permanentemente con el visitante. Piedras y mármoles responsables de la última memoria escrita; pero igualmente cantos rodados, guijarros anónimos que marcan la silueta del fracaso. Porque en la sociedad hebrea europea también había pobres y desheredados. El camposanto está lleno de tumbas vacías. En las lápidas aparecen inscritos los nombres y las fechas de los muertos, pero no están allí, no hay nada en aquellos sepulcros más que la efigie. Familias enteras fueron Deport. u. Umgekommen, es decir, deportadas y muertas con violencia, desapareciendo sus cuerpos y lo que aún es peor, su recuerdo. Estas tumbas proclaman el nacimiento y muerte de quienes fueron declarados como no nacidos. No hay ni una sola palabra de rencor y los nombres claman serenamente por sus cuerpos o se apuntan en la lista para la resurrección. Judíos de origen ruso, húngaros, checos y alemanes, hasta hay una familia que, entre sus apellidos, aparece el de Borges. Una gran extensión la ocupa la única fosa común. Es un cuadrilátero que se hunde varios metros sobre el nivel del suelo y al que se puede acceder bajando por unas escaleras de piedra. Yo no lo hago porque la hierba, recién cortada, crece sobre ondulaciones que parecen estar provocadas por los propios cuerpos. Y da la sensación de que podríamos llegar a pisar todavía sus clavículas. Yacen allí un buen puñado de jóvenes soldados judíos que murieron en los frentes de batalla de la Primera guerra mundial. Sus nombres inscritos en largas piedras recomidas por la interperie, flanquean al león de Judá y a la espada y la estrella de David. La inscripción dice «An den Gefallenen». A los caídos. ¡Cuántos muertos por Alemania! ¡Cuántos inmolados en las guerras civiles de Europa! ¡Cuántos justos asesinados! «Feliz aquél cuya ofensa está olvidada», dice un verso del Libro de los Salmos. Pero el amor también salva y en los cementerios hay grandes muestras de él. En una lápida de mármol blanco aparece inscrito el nombre de Judith Matschkewitz y la siguiente frase: «Fuiste la realización de todos mis deseos». Pero de entre todas las historias que se pueden deducir de estos pequeños mensajes dejados al azar del olvido, me conmueve especialmente el de Alice Goldstern. Su tumba es una de las más antiguas y aristocráticas, aunque está abandonada, como muchas, debido quizás a la extinción de la familia. Hay más nombres en la alta y ancha piedra, pero junto al suyo, además de aparecer la fecha de nacimiento y muerte (1906-1940) se especifica tímidamente que ésta se produjo por un ataque de la Luftwaffe en Wimblendon (Londres). No sé qué pudo llevar a la joven Alice a Inglaterra. Quizás estudiaba allí, se había desposado, o era una refugiada hebrea enviada por su familia o con ella, el caso es que su destino la persiguió hasta donde más segura y feliz pudo creerse. ¿Está aquí su cuerpo o es otro simulacro? Quienes son demasiado felices deben temer la envidia de los dioses o la de Dios, sino entonces ¿por qué, Señor, /Alejaste de mí compañeros y amigos/ mis conocidos son ahora las tinieblas/ ¿Veré tus portentos/ en el País del Olvido tu justicia?