José Mª de Areilza
11 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Los salvajes atentados que sufrió EE UU ayer tendrán consecuencias psicológicas muy hondas en la conciencia norteamericana. Habrá un antes y un después de este martes negro. Los ciudadanos de la única superpotencia se sienten heridos e indefensos y reclamarán a sus gobernantes un nuevo tipo de seguridad ante semejantes ataques terroristas. En el resto de los países occidentales, dicha preocupación se extenderá y es de esperar que mejoren los sistemas de cooperación internacional contra esta lacra, aún a costa de frenar la globalización en lo que respecta a los flujos de personas y de imponer controles sin precedentes en las fronteras de los países occidentales. El problema en este tipo de ataques ha sido y es identificar a tiempo a los posibles autores de los atentados, que al ser suicidas elevan el número de medidas necesarias para frenarlos en países libres, hasta hacerlas costosísimas en términos políticos y económicos. El secretario de Defensa norteamericano, Donald Rumsfeld, explicaba que el problema de la inteligencia antiterrorista hoy en día no consistía tanto en saber lo que no se sabía, sino en conocer «lo que no se sabía que no se sabía».