Xosé Luis Barreiro Rivas
11 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Aunque es evidente que la realidad volvió a superar a la ficción, los millones de ciudadanos que ayer siguieron en directo el ataque terrorista contra los Estados Unidos de América tuvieron la sensación de haber visto esa película mucho antes, y de que una terrible profecía, mil veces anunciada, se había cumplido en todos sus extremos. Nadie, sin embargo, lo había previsto en su concreta realización material, con pilotos suicidas pletóricos de fanatismo, entrenados minuciosamente, protegidos por un Estado gamberro y dispuestos a hacer cuanto más daño mejor. Y por eso nadie se había dado cuenta de que la fortaleza inexpugnable, construída con sofisticación y dólares, tenía los pies de barro frente al terrorismo. Lo ocurrido ayer tiene una gravedad extrema. No sólo porque miles de muertos y heridos quedaron sepultados bajo los escombros de una manzana neoyorkina, sino porque se dio paso a un debate en el que se va a entender mucho mejor el graznido del halcón que el arrullo de la paloma. ¿Quién podrá decirle a Bush que el escudo antimisiles es un gasto superfluo? ¿Quién podrá contener las operaciones de control y castigo contra los presuntos nidos del terrorismo internacional? ¿Quién salvará el abismo que se abre entre la cultura occidental y el islamismo, considerado por muchos como una fábrica de guerreros fanáticos e incontrolados? ¿Cuántos grados aumentará la diferencia entre el primer mundo, cerrado a cal y canto, y los parias del tercero, convertidos en un bloque de sospechosos? ¿Quien callará a Putin cuando nos recuerde el favor que nos hizo arrasando Chechenia hasta sus cimientos? También sabemos que nuestro mundo y nuestra civilización son más vulnerables de lo que parecía, y que la presunta solidez que exhiben en el frente del bienestar y el derroche, se tornan caos y confusión, terror y venganza, cuando una mente pervertida lo ataca desde dentro. En sólo veinte minutos de una mañana normal, los analistas políticos y militares han desparramado sus previsiones entre el terrorista loco y fanático y el riesgo de crisis y conflagraciones de ámbito mundial. Y una vez más, mientras muchos países jugaban en vano con sus gabinetes de crisis, nos quedamos estupefactos ante hechos de tan grave importancia y gruesa factura que no fueron vistos ni olidos por los servicios secretos ni los agudos politólogos. Y, por si algo faltaba, también hemos experimentado la otra cara de la globalidad. Un atentado contra el World Trade Center extiende su terremoto al mundo entero, derrumba el dólar, encarece el petróleo y hunde nuestras bolsas. Y eso que aún no sabemos lo que pasó. Porque mañana, gracias a Dios, será otro día. Para la esperanza, o para la venganza.