XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS A TORRE VIXÍA
13 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.A sólo dos días del ataque contra el Pentágono y el World Trade Center, tengo la terrible sensación de que ni hemos aprendido nada ni estamos en condiciones de hacerlo, y de que un enorme complejo de civilización humillada está llevando a los políticos occidentales por el irracional camino de la respuesta ejemplar o de la simple venganza. Todos los análisis hablan del hecho y de sus consecuencias, pero no de las causas. Y todos los discursos institucionales muestran una extraña coincidencia en afirmar que esto es una guerra, y que vamos a ganarla. Como si, en vez de apagar los rescoldos, quisiesen vender más periódicos o echar más queroseno a la hoguera de los rascacielos. Locura suicida La verdad, sin embargo, es que esta locura suicida y asesina tiene también sus causas, y que, más que estar ante una conflagración mundial, estamos ante la evidencia de que la guerra es un género en desuso, que está dejando paso a una nueva forma de violencia que reequilibra la capacidad ofensiva de los contendientes. A Estados Unidos no se le puede hacer una guerra, pero se le puede hacer mucho daño. Y ese es, me temo, el sórdido mensaje del terror metido en la Gran Manzana. Pero, volviendo a las causas, permítanme que les ponga un ejemplo. Muchos de ustedes recordarán, sin duda, los tiempos felices en los que ninguna casa de aldea se cerraba con llave, o cuando la llave del piso urbano quedaba escondida debajo del felpudo. Porque todos sabemos que no hay mejor antídoto para el ladrón que la igualdad en la miseria o en la riqueza, cuando el orden de la comunidad se identifica con el interés de cada individuo. Por el contrario, cuando la sociedad cambia, y aparecen grupos de marginados o desarraigados frente a los ricos y privilegiados, la propiedad se ve amenazada, y, aunque echemos mano de alarmas y puertas blindadas, no podemos evitar que nos expolien. Pues algo parecido le pasa, cambiando la escala, a la comunidad internacional. Los pueblos que habían conseguido satisfactorios niveles de bienestar, igualdad y libertad, disfrutaron también de los únicos 55 años de paz que tuvo el mundo desde la venida de Cristo, ya que el interés de los ciudadanos era también su mejor y más eficaz escudo. Pero al caerse las fronteras, y mundializarse la vida social y económica, se reproducen, sin que a penas nos demos cuenta, la lacra de la desigualdad, y los iguales de antes nos hemos convertido en ricos privilegiados. Y, aunque también los países están más protegidos y blindados que antes, tenemos la sensación de haber metido al enemigo en casa, poniendo en riesgo nuestro bienestar y nuestra forma de vida. Agresión vesánica Pero cometeríamos un monumental error si llegásemos a creer que el mundo actual se define por la agresión vesánica, gratuita y envidiosa contra nuestra civilización, o si sucumbiésemos a la tentación de declarar la guerra a un enemigo invisible. Porque el único remedio eficaz contra el mal que padecemos es el de recrear una sociedad mundial de ciudadanos libres e iguales, que se constituyan en eficaces protectores del interés colectivo. Dicho en otras palabras: o extendemos la democracia y el bienestar a todos los pueblos del mundo, o no habrá policía ni ejército que frene la agresión de los que, además de estar desesperados y tiranizados, tienen la sensación de ser expoliados y tiranizados al servicio del primer mundo. Algo de cierto hay en la idea del choque de civilizaciones que teorizara Huntington. También es evidente que el terror no tendría lugar si no hubiese mentes enfermas que lo organizan, lo cobijan, lo financian y lo ejecutan. Y tampoco debemos cerrar los ojos a la incomprensible regresión que deriva del fundamentalismo islámico, convertido en una fuente inagotable de fanatismo guerrero y violencia irracional. Pero dicho eso, y aceptando la necesidad de medidas de fuerza que palíen la amenaza inminente, también hay que decir que cometeríamos un gravísimo error si no repasamos nuestra historia y cerramos los ojos a la enorme cantidad de miseria que hemos generado y a la legión de tiranuelos que hemos creado y empleado al servicio de nuestros intereses. Si no escogemos bienestar y libertad para todos, optamos por la violencia. Y si somos tan orgullosos para añadirle un World al Trade Center de New York, también debemos aceptar que la rebelión contra la miseria y la tiranía se dirima en nuestras calles. Aunque, visto lo visto, creo que hemos empezado a correr por el camino equivocado.