LA CRISIS DEL REFRANERO

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS A TORRE VIXÍA

14 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Si Sarasate se negaba a ir a las cenas de Madrid, porque siempre le pedían que tocase el Zapateado, yo escapo de las cenas de Compostela, porque siempre me piden que les hable de Fraga. Pero la vida en sociedad exige peajes inevitables, y nadie se ve totalmente libre de mantener pequeños debates con esos amigos que, si llegan un día al poder, lo arreglan todo en dos patadas. Por eso tengo tres frases muy ensayadas que me sacan de cualquier apuro. Cuando me hablan de las peleas entre conselleiros digo: «homo homini lupus», como si Hobbes hubiese escrito el Leviathán pensando en Cuiña. Si me dicen que el gasto de defensa hay que dárselo a los pobres les espeto aquello de «si vis pacem para bellum», y convierto a Cicerón en un escudo contra la demagogia. Y si me hablan de su amigo de toda la vida que ahora ni les saluda, echo mano de un proverbio francés y resuelvo el asunto en dos segundos: «homme élu, homme foutu». Ellos en cambio, para equilibrar mi rancia erudición, echan mano del refranero, y nunca dejan de decirme que «más vale prevenir que lamentar», que «querer es poder» y que «torres más altas cayeron». Y es ahí, gracias a la grave crisis abierta en el refranero, donde está mi ventaja dialéctica de estos últimos días. Porque, mientras mis tres frases conservan toda su abstracta validez, el refranero acaba de columpiarse en la Gran Manzana. ¡Jamás cayeron torres tan altas como las del World Trade Center! Y mucho me temo que nunca más se van a construir ratoneras tan grandes como las que los terroristas derribaron. Y eso evidencia que estamos ante una situación tan nueva que, si hace tiempo que tiene en jaque a la Ciencia Política, acaba de dejar sin palabras a los que todo lo resuelven tirando del refranero. Por eso hay que calmarse un poquito y empezar a pensar, con plena conciencia de que una mala definición o un mal diagnóstico pueden dejar en rídiculo al más astuto de los estrategas. No es bueno, por ejemplo, que Bush identifique la violencia con la guerra, como si la cantidad de muertos y los daños fuesen la única clave de su definición. Tampoco es bueno que la democracia pluralista se sienta tan halagada por compañeros de viaje tan extraños y advenedizos como el Putin de Chechenia, los chinos de Tiananmén, los pakistaníes de los golpes de Estado y las bombas atómicas, y todos los que quieren huir de la quema o hacer una lectura perfumada de su apestoso curriculum. Y no me gusta nada, tampoco, que en vez de ir desde fuera a matizar el creciente autismo de la política exterior americana, se aproveche este asunto para decir pelillos a la mar y olvidar lo bien que nos vendría ahora tener una justicia internacional fuerte y pertrechada que evitase a la nación americana la embarazosa situación de hacer de juez y parte de su tremenda desgracia. Si hemos de cambiar la historia, hagámoslo para bien. Y si llegó el momento de pedir cuentas, no empecemos el curso aprobando con nota a todos los mantas. Ni todas las victorias son honrosas, ni todos los compañeros de viaje son útiles, ni todos los que se suben al carro del contraterrorismo lo hacen por la democracia. El futuro nos hará escoger entre la libertad y el bienestar o la guerra. Y no tengan ninguna duda de que, si tal dilema se plantea, algunos de los que lloran hoy con lágrimas de cocodrilo se irán a la guerra. Porque si la libertad es un duro oficio para el que no la ama, se hace imposible para el que se enamora de viejo.