AGOBIOS DE LA CONCIENCIA

La Voz

OPINIÓN

EDUARDO CHAMORRO

22 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

La guerra es sucia por lo mismo que se habla de ladrones de guante blanco y no se habla de asesinos u homicidas de guante blanco. No hay manera de hacer la guerra sin dejarlo todo perdido, como lo saben perfectamente las amas de casa, con o sin seres queridos en la guerra, y el soldado en el frente, con o sin seres queridos en casa. El ama de casa sabe que es un blanco de retaguardia. La Primera Guerra Mundial arrojó un saldo de víctimas cuyo 5% correspondía a muertos civiles. Al terminar la Segunda Guerra Mundial el número de civiles muertos era el 66% de las víctimas. Eso con independencia de la alta cualificación moral, la ética intachable y la limpieza de miras de los hombres y mujeres que, desplegados en la jerarquía de las responsabilidades, son conscientes de que en la guerra mueren propios, extraños y un buen número de quienes pasaban por ahí. Y tampoco se le puede hablar de guerra limpia al soldado que, hundido hasta las cejas en el fragor del combate o en el espantoso aburrimiento de quien aguarda el toque de trompeta, sabe que si se atreve a asomar la cabeza por encima de la mierda, lo más probable es que se la vuelen. La guerra es un juego sucio del que nadie quiere volver a casa para poner velas a una dilatada galería de difuntos, encogido de hombros y musitando algo así como «Hice lo que pude dentro de mis muy elevados principios; fue bueno participar con honra». Los principios pueden ser honrados, pero nadie acude a la guerra por el acicate olímpico de participar. A la guerra se va para ganar, cueste lo que cueste, y en ese costo se cuenta todo lo que de noble y vil alcanza la imaginación de la especie humana. No puede ser un juego limpio, pues su catálogo es de trampas -ocultaciones, emboscadas, maniobras en la oscuridad-. Los más limpios de los combatientes acaban vomitando. Es un juego sucio, un juego al que se llamó Gran Juego hace ciento cincuenta años, con motivo del juego que Rusia y Gran Bretaña se traían por el dominio de lo subasiático en la misma zona de la que ahora se habla. Es un gran juego sucio que no puede desarrollarse sin la máquina de la guerra, entumecida y casi siempre perezosa a la hora de ponerse en marcha, siempre demasiado frenética a la hora de detenerla, bastante miope cuando hay que destacar matices y ciega en los momentos de mirar a los lados por si hubiera posibilidad de víctimas colaterales o de transeúntes inocentes. Que es por donde ha comenzado esta guerra a la que sólo le falta la palabra guerra en los documentos. Ha comenzado por lo que antes era la última cifra que se contaba, la de los inocentes, las víctimas de una máquina ciega por el designio del terrorista. Unas víctimas de las que nadie puede pensar que el terrorista las considerara víctimas colaterales. Muy al contrario, no hay colateralidad alguna en estos muertos. Son el meollo de lo que pretendía el terrorista. Son la herramienta de su guerra, su máquina ciega puesta en marcha. Esa es la máquina sucia que hay que detener, porque la trampa de su zancadilla nos ha puesto en un estercolero. Y si salimos, nadie piense en encontrarse como el niño adornado con el flamante uniforme de la Primera Comunión. La conciencia no está para imaginar pesadillas, sino para convivir con ellas.