TODAVÍA PUDO SER PEOR

La Voz

OPINIÓN

CARLOS G. REIGOSA

26 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Puede parecer una reflexión masoquista a estas alturas, pero es la verdad: lo de Estados Unidos aún pudo ser peor. Lo ha dicho con claridad Jeremy Rifkin, presidente de la Foundation on Economic Trends de Washington y autor del libro La era del acceso: «Imagínense cuáles habrían podido ser las consecuencias si los aviones hubieran tenido las centrales nucleares como objetivo». Tener una conciencia clara de cuál puede ser el alcance del mal no es masoquismo. Probablemente es la única forma de anticiparse al desastre. Resulta estremecedor ahora acudir a las hemerotecas y releer declaraciones de algunos dirigentes del terror. En el pasado mes de abril, el semanario francés Le Nouvel Observateur dedicaba un número a los talibán, a quienes llamaba «los bárbaros de Dios» y los responsables del «martirio de las mujeres afganas». En aquel mismo número se incluía un dosier sobre Osama Bin Laden en el que éste era presentado como el «supervisor» de la guerra santa y el enemigo número uno de los Estados Unidos y se reproducía su llamamiento más reiterado: «Recomiendo el asesinato, en todas partes donde sea posible, de todos los americanos, civiles o militares, y de sus aliados». Quizá todos creímos -o preferimos creer- que era bazofia publicitaria, bravuconadas de un fanático hasta cierto punto inofensivo (aunque su pasado no acreditase tales limitaciones). Y nos acostumbramos a pasar por alto sus palabras, por más amenazadoras que fuesen; tal vez porque, en el fondo, se producían muy lejos del corazón del imperio. Lejos, muy lejos, los talibán aniquilaban los derechos de las mujeres afganas (no tienen derecho a la salud, ni a la educación, ni al trabajo), saqueaban el patrimonio cultural del país (dinamitaron los dos gigantescos Budas de Bamiyán ante la pasividad general) e imponían la dictadura más oscurantista del planeta (en estos momentos). En suma, que los derechos humanos habían sido borrados de la faz de Afganistán, mientras en su interior se cocían toda clase de ciegos fanatismos, bajo la dirección de un jefe supremo, el mulá Omar, que ha proclamado que su prioridad es «salvar al mundo de la ignorancia». Algo de locos. O cómico, si no fuese trágico. Pero, a la postre, ¿a quién podía importarle todo ese desvarío tan distante? Los fanáticos manifestaban a las claras sus deseos de contribuir a la destrucción del actual orden mundial, pero nadie se los tomaba en serio. Ni siquiera las prestigiosas publicaciones que condenaban su proceder: no veían en ellos ningún riesgo para la sociedad occidental. Como no se ve, en el entorno del conflicto judío-palestino, cuando el líder político de la Yihad Islámica, el jeque Abdalá Shami, se enorgullece de contar «con centenares, con miles de voluntarios» para protagonizar atentados suicidas, de momento sólo contra Israel. El despertar fue excesivamente cruel. Es decir, fue todo lo cruel que se les ocurrió a quienes perpetraron la acción combinada contra las Torres Gemelas, el Pentágono y el frustrado intento contra la Casa Blanca. Acostumbrados a oír vociferar en el exterior y a no dar importancia a esas voces, pocos norteamericanos imaginaban una operación tan salvaje en el interior. Y esto ha sido lo peor. Porque cualquier ciudadano puede vivir de espaldas a estos riesgos -e incluso regodearse en su ignorancia-, pero esto no le puede ocurrir a la CIA ni a las demás instituciones encargadas de la seguridad en un sentido preventivo. La realidad, sin embargo, es que ninguno de estos organismos ha sido capaz de detectar los preparativos del atentado, a pesar de que venía siendo anunciado con una intensidad clamorosa desde hace algún tiempo. Era como si los talibán afganos, la Al Qaeda de Bin Laden y los demás grupos islámicos radicales, muchos de ellos probablemente interconectados, quedasen muy lejos, demasiado lejos para preocuparse. Pero de repente se han convertido en elementos de la política interior. Ahora resulta que Afganistán queda ahí al lado, y que Bin Laden no es un habitante de otro planeta, y que Irak no ha dejado de rumiar su revancha, y que Irán presta apoyo a algunas manos ensangrentadas, y que la enigmática Siria hace algo similar, y que Sudán... Es la hora de la pérdida de la inocencia norteamericana. El descubrimiento de que hay otros malos que no son los de las películas de Hollywood. Y que no siempre es posible desviar el avión de la muerte en el último instante: un segundo antes de que se estrelle contra las Torres Gemelas. El descubrimiento de que aún pudo ser peor, o de que aún puede ocurrir alguna tragedia más, está gravitando como una losa sobre el ánimo de los estadounidenses, verdaderamente aturdidos por este «éxito del mal». Pero la toma de conciencia del riesgo -y por lo tanto las acciones preventivas- debió producirse mucho antes. Como debió producirse mucho antes en otras partes del mundo. Por ejemplo, cuando las publicaciones yugoslavas afines a Milosevic empezaron a hablar de la Gran Serbia, ¿no estaban sembrando el odio y poniendo las bases de la guerra en los Balcanes? Pero a nadie le interesaba acercarse y analizar aquella hoguera mediática. Es trágico, pero es real: si uno mira las hemerotecas, observa que todos los conflictos fueron largamente anunciados antes de producirse. Porque esos «rostros ocultos» de que habló Bush en su primera intervención tienen siempre la lengua muy larga. Y el error es no escucharlos. Hay un momento previo, de calentamiento, en el que aún es posible anticiparse. Es una lección que nadie debe olvidar. Porque en el futuro se van a repetir en el mundo situaciones parecidas: los conflictos no se forjan de otra manera. Todos ellos dejan un visible reguero, una larga huella, antes de producirse. Es el tiempo que necesita la construcción del odio necesario para movilizar una masa suficiente de adeptos. Y la única respuesta que sirve es percibir este proceso a tiempo y atajarlo con determinación. Aunque sea lejos de casa. Porque ahora, está a la vista, la palabra lejos ha perdido su significado en términos políticos. Ésta es, con toda probabilidad, la clave -y la gran novedad- del orden internacional que empieza a fraguarse. No puede ser de otro modo. La globalización, irreversible (y no siempre positiva), también conlleva esto.