EL HUEVO

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

08 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Desde el huevo de Colón, que este año celebra su DX aniversario -510 para los que hicieron la ESO-, ningún otro huevo dio tanta comida como el que un desaprensivo jovenzuelo lanzó sobre las solapas de Fraga en la Praza do Toural. Ni los de Trillo, que en realidad no eran huevos, sino güevos, ni los del caballo de Espartero, que no se hicieron ontológicamente perceptibles y manejables por el vulgo hasta que se fundió la famosa estatua de bronce en la que los convincentes argumentos del general se transfieren a su caballo. Es como si nunca antes se hubiese lanzado un huevo, o como si nadie recordase la muy europea costumbre de estrellar un humilde huevo -o una tarta entera- contra los augustos trajes de Margaret Thatcher, Fischer, Blair, Schröder, Major, Mitterrand, Craxi, Putin, Papandreu, Jospin y la Reina de Inglaterra. Nuestras hemerotecas tampoco deben guardar memoria de todo un Parlamento sometido a una lluvia de huevos -y alguna piedra- mientras el féretro de Castelao ascendía solemnemente hacia el sepulcro de Bonaval. Eran tiempos heroicos en los que la Policía Nacional contemplaba, sin inmutarse, un bombardeo de huevos o la quema de la portada de San Xerome, y cuando los comentaristas suponían que un mitin reventado, una inauguración apedreada y la diaria entrada y salida del Parlamento entre masas vociferantes de pescadores, nudistas, obreros reconvertidos, funcionarios interinos y filólogos lusistas constituían un signo de pluralidad y una parte obligada del peso de la púrpura. ¡Pero Fraga es otra cosa! Un solo huevo, lanzado por un joven en medio de la movida del jueves, y ya es suficiente para que cargue la policía, para que los periódicos empiecen a entonar su lamento mohicano por la democracia herida y apabullada, y para que se desencadene una absurda sucesión de grandilocuentes discursos sobre la kale borroka, los bárbaros, los efectos del nacionalismo excluyente, Bin Laden, la guerra de Afganistán y la reedición sui generis de las dos Españas que hielan el corazón: la de los héroes, que reciben un huevo en la solapa, y la de los villanos, que forman la masa de donde salen los huevos. ¿Qué pasa, Dios mío? ¿Es que nadie se va a atrever a decir que un huevo es un huevo? ¿Es que nadie le va a decir al presidente Aznar que el lanzamiento de un huevo no da para escribir la Ilíada, la Eneida y la Araucaria juntas? Yo no digo, como es obvio, que esté bien lanzar huevos. Y, por los dos que recibí -del tercero me apartó González Mariñas y fue a parar a Victorino Núñez- puedo asegurarles que no es nada agradable. Sólo digo que un huevo en la solapa no es un drama ni una epopeya. Salvo que lo miremos con ojos de papanatas.